Chapter 2

5794 Words
El día siguiente a nuestro escape de la residencia fue algo raro para alguien como yo, que nunca había salido del complejo en la corta vida que había vivido hasta entonces. No habíamos llevado provisiones y tampoco teníamos dinero, pero el hombre sin nombre, que decía tener el mismo nombre que nuestro Amo, se las arregló para procurarnos unas frutas y pan para que comiéramos. No supe cómo lo consiguió, pero habíamos viajado cerca de un carrito de comidas de un negocio en la ruta. Sospeché que él sacó ventaja del “descuento de cinco dedos”, como lo llamaban los otros esclavos cuando robaban comida de la despensa. Después de nuestra magra comida, dormitamos bajo un árbol grande, ya que ninguno de los dos había dormido la noche anterior. No podía sacarme la sensación de que en cualquier momento los capataces se nos vendrían encima, nos retarían por dormir al mediodía y nos arrastrarían de vuelta al complejo, pero el hombre que ahora decía llamarse Hawke me había asegurado que tenía el sueño liviano y se iba a asegurar de que nadie vendría a llevarme de vuelta. Era una sensación increíble, dormir a la sombra de ese árbol grande, en pleno día. A pesar de que solo dormité unas pocas horas, fue uno de los descansos más refrescantes que recuerde. Un poco después del mediodía nos despertamos y continuamos viaje por las colinas y los campos, fuera del camino principal. Finalmente, un carro tirado por caballos vino retumbando por el camino, disminuyendo la marcha por orden del dueño, mientras se nos acercaba. El hombre que manejaba los caballos era un granjero de apariencia amable, con un gran sombrero de paja y overol, ropas que hasta entonces solo usaban los capataces, que yo supiera. Por instinto, me estremecía al menor de sus movimientos. Sin embargo, nunca había visto a los capataces con esa mirada tan cordial. Cuando me vio, con mis ropas de trabajo raídas, Hawke dijo algo así como que yo había quedado huérfana luego del ataque de un demonio, y que toda la familia que me quedaba estaba en Changirah. Como quedaba camino al lugar donde el granjero iba a entregar sus productos, no lo pensó dos veces y nos llevó atrás, entre cajones y latas de leche. Hawke me susurró bajito, mientras el carro volvía ruidosamente al camino, que era más probable ayudar a la víctima del ataque de un demonio que a un esclavo fugitivo. Yo no entendí bien por qué, pero de todos modos me quedé callada. Todo lo que me ayudara a no volver era algo bueno, en lo que a mí me concernía. Llegamos a la ciudad antes de que el sol comenzara a desaparecer. Yo estaba muerta de miedo ante la vista de las enormes murallas y las robustas puertas que la protegían. Nunca me habían llevado fuera del complejo, y al ver los guardias de la ciudad, con sus brillantes armaduras protectoras y sus armas, que hacían que las varas de los capataces parecieran juguetes, todo eso era más de lo que mi corazón agitado podía soportar. No tenía idea de qué nos esperaba del otro lado de la puerta gigante, pero me sentía bien segura junto a este Hawke que estaba conmigo, cosa extraña de pensar cuando lo comparaba con el otro Hawke Morau con el que yo había crecido. Nos bajamos cerca de un mercado bullicioso, saludando al granjero mientras se alejaba. ¡Ah! ¡Cuántas cosas increíbles en venta! Apenas podía contenerme para no salir corriendo a mirar todo, pero Hawke debe haber notado cómo se encendía mi cara, porque emitió una risita y me llevó por la avenida principal, pasando los vendedores. La mayoría de ellos fruncía el ceño mientras pasábamos, pero mirando hacia atrás, no puedo culparlos. Teníamos todo el glamour de dos vagabundos sin una moneda que acababan de salir arrastrándose de alguna alcantarilla mugrienta. El paso de Hawke se aceleró cuando oyó a un mercader particularmente chillón que se acercó a nosotros. Yo no podía entender qué trataba de vender, pero lo que a Hawke le interesaba no eran sus mercaderías. Mientras marchaba hacia el puesto, el mercader, un hombre pequeño y calvo, con grandes ojos llorosos y una nariz delgada y respingada, se volvió hacia Hawke y sonrió, con una sonrisa compuesta por dientes amarillos e irregulares. —¡Ah, mi buen señor, parece que necesitan ropas nuevas! —. El escurridizo hombre hablaba rápido, con alguna pausa de tanto en tanto. Nos miró del mismo modo que los otros vendedores, pero aunque veía un poco de decepción en su mirada inflamada, en seguida nos otorgó su aduladora sonrisa otra vez. —Sí, sí, ¿por qué vendrían aquí si no tuvieran dinero? Vengan, les quitaremos esos harapos y les conseguiremos ropas nuevas, ¿sí? —. Casi parecía que se olvidaba de lo que estaba diciendo en el medio de la oración, lo recordaba y se apuraba a decirlo por si se volvía a olvidar. Estrechó sus manos, asintiendo con fervor, mientras se dirigía a un perchero cubierto por ropas de colores extraños y brillantes. —Fern, no me vengas con tus chanchullos —dijo Hawke, con cara de enojado. El hombre se sobresaltó al oír el nombre “Fern”, y se dio vuelta, con una actitud que parecía que lo habían pillado haciendo algo terrible. —Ese nombre, no me queda bien, ¿no? Yo soy Banca, ¡sí! ¿No? ¿Kazul? ¿Bill? —continuaba enumerando nombres, mientras se rascaba la mejilla como si estuviera nervioso, como si esperara encontrar un nombre que le gustara a Hawke, pero quien alguna vez fuera el hombre sin nombre simplemente lo miraba fijo. —Fern, soy yo, Hawke —dijo exasperado. El lloroso hombre llamado Fern entrecerró los ojos con fuerza, casi como si estuviera viendo a este cliente por primera vez, y de pronto, se tapó la boca con las manos. —¡Imposible! —dijo entre dientes—. Sin embargo, la cara, el tono, ¡y la nariz! Sí, la nariz, ¡ahí reside la verdad! —. Se acercó para echar una buena mirada, sospecho, a la nariz de Hawke. —Suficiente —le dijo Hawke bruscamente—. Vayamos atrás y hablemos de negocios. Hawke caminó atrás del puesto, y me hacía señas de que lo siguiera. Fern, nervioso, miró a su alrededor varias veces antes de seguirme, a una buena distancia. El espacio entre los puestos del mercado y los edificios que había atrás era como un corredor pequeño y solitario. Con todas las carpas y los gritos de los mercaderes para atraer a los clientes, parecía el lugar ideal para tener una conversación donde nadie iba a poder escuchar a escondidas. —Supongo que debería disculparme por aparecer sin aviso y tan, eh, desaliñado —se disculpó Hawke, rascándose la cabeza. —¡No, no, no! —dijo Fern, mientras se volvía a rascar la mejilla—. ¡Desaliñado no! ¿Cómo podrías estar desaliñado, si no conozco la palabra? ¡Pareces está un poco desprolijo, eso sí! ¿Y dónde ha visto, Jefe? —Estoy tratando de entender eso yo mismo —Hawke dio un pequeño suspiro—. Pero todo a su debido tiempo, Fern. Primero, necesito unas cosas, como evidentemente habrás notado —. Hizo un ademán hacia las tristes toallas que llamaba ropas. —¡Ah!, me encantaría solo dar, Jefe —dijo Fern, con la voz teñida de lo que supongo que él creía que era lástima —, pero la familia ha caído en tiempos difíciles. ¡Con su partida, también se fueron nuestros mejores artículos! ¡Sin los mejores artículos tampoco hay buenos clientes! Llegaron tiempos duros, y ahora… —Bueno, estás vendiendo imitaciones baratas en un bazar lleno de gente mucho más inteligente que tú —finalizó Hawke por él. —Sí —coincidió Fern sin indignarse —. La familia debe estar familiarizada con el Jefe, pero tenemos poco para dar, incluso para alguien que como tú todavía deber ser. —Calma, Fern, no vine por limosnas. Toma —le tendió un largo paquete de harapos sucios al lloroso hombre —. Esto es un precio justo por tu molestia. Fern desenvolvió el atado y casi lo tiró sobre sus sucios pies descalzos. Era la espada que Hawke había traído de la residencia, que la había escondido en un trozo de su propia vestimenta gastada antes de empezar nuestro viaje a Changirah. Se había asegurado de limpiarla cuando descansamos, y por eso el acero brillaba con un hermoso lustre, incluso en la lúgubre luz que se filtraba entre los toldos de las carpas. Las gemas de la empuñadura y en la vaina estaban tan deslumbrantes como siempre, y pensé que debían ser más pesadas de lo que recordaba, porque las manos de Fern temblaron cuando la sostuvo. —Esto… ¿esto es real? —apenas podía pronunciar palabra, lo que me preocupaba. Porque ya parecía tener un problema cuando hablaba normalmente. —Cada pulgada. La obtuve de un señor que vive aquí cerca. Yo fui un huésped mal dispuesto por muchos años, y consideré que esto, digamos, es un pago justo por las tareas que realicé —. Hawke se inclinó y rodeó a Fern con el brazo. —Entonces, este es el trato: tú me das lo que necesito, de cualquier tipo de las provisiones que han dejado (y estoy seguro de que todavía tienen lo suficiente para suplir mis necesidades) y a cambio, te doy esta espada, y haré lo que pueda para enviarte más como esta en el futuro. Será como en los viejos tiempo. ¿Estamos de acuerdo? —¡Ah, esta es la mejor, Jefe, la mejor! —Fern saltaba de un lado a otro mientras abrazaba la decorada espada y la empuñadura con fuerza —. Con la noticia de que Hawke Morau ha vuelto a la familia, ¡vamos a volver a hacer negocios en un abrir y cerrar de ojos! ¡Ah, y la niña! —me miró con ojos alegres —. ¿Ella también está en venta? Hablábamos antes de expandirnos al mercado de esclavos, ¿no? Hawke asestó un feroz golpe con el revés de la mano en la fea cara de Fern, dejando una terrible marca donde hizo contacto. No consiguió mejorarle sus rasgos contrahechos. Casi deja caer su premio, pero incluso el pequeño y extraño mercader era lo suficientemente inteligente para saber que era más valiosa que la incomodidad que sentía en ese momento. La mirada de furia que Hawke le lanzó lo hizo estremecerse más que el golpe. —Ella acaba de ser liberada de sus lazos, ¿cómo te atreves a querer que vuelva a eso? Cuida tu lengua, Fern, o tendrás que conseguirte una nueva —. Fern trató de balbucear algo parecido a una disculpa, para Hawke lo hizo callar con un gesto —. La próxima vez, piensa antes de hablar. Ahora, lo que necesito… No pude evitar sentirme un poquito mal por ese hombre alto y flaco. No tenía idea de dónde venía yo, por eso no me parecía que fuera justo golpearlo por algo que él no sabía. No obstante, ver que alguien me defendía de manera tan audaz era algo a lo que no estaba acostumbrada. Hawke no podía ver cómo sonreía yo cuando él hablaba con Fern, pasándole una lista de todas las cosas que necesitaba. Hablaba tan rápido que no pude entender la mitad de lo que pedía, y, por un momento, me pregunté cómo iba a hacer Fern para acordarse de todo. Ya había demostrado ser un poco idiota. Sin embargo, luego de oír todo una sola vez, Fern asintió con firmeza, mirando a su alrededor, y yo sospechaba que estaba utilizando toda la capacidad de su cerebro para recordar todo, y sin decir más, envolvió su nuevo tesoro y desapareció a una velocidad increíble. —Vamos a quedarnos aquí y a fingir que estamos recorriendo el puesto mientras él busca lo que le pedí —dijo Hawke—. Quédate aquí un momento. Hawke caminó hacia el frente de la carpa, dejándome sola. Me moría de ganas de explorar el mercado y ver todas las chucherías, a las que apenas había echado una rápida miradita, pero una vida de servidumbre también me había enseñado bien acerca de los peligros de andar vagando por lugares extraños. Volvió en seguida, con un atado de ropas. —Sería mejor que no parezcamos recién salidos de un retrete —dijo, dándome una túnica pequeña—. Disculpa si no te queda muy bien, pero fue el talle más pequeño que encontré. La túnica era realmente un par de talles más grandes de lo que uso normalmente, pero se ceñía tan bien que no se notaba. Era de color naranja brillante, y mientras Hawke comentaba sobre lo chillona que era la ropa (y se ponía una túnica azul brillante con una mueca), yo estaba extasiada de ponerme algo que brillaba tanto. Era casi como poder ponerme algo sacado del armario del Amo Morau. Al pensar en la residencia de la que acabábamos de salir, el otro día, me acordé de algo que le quería preguntar a Hawke. Me guio al interior de la carpa, se lanzó sobre una silla plegable que Fern había estado usando y puso los pies sobre las chucherías que había en el mostrador. Varias de ellas cayeron al piso haciendo ruido, pero parecía que a nadie le importaba mucho, apenas unas rápidas miradas. Me senté junto a la silla, con las piernas cruzadas, y miraba pasar la multitud mientras juntaba coraje para preguntarle. —Hawke, ¿por qué usas el mismo nombre que el Amo Morau? Me volví para mirarlo, y él dio un largo suspiro, moviendo los ojos de un lado a otro, sumido en pensamientos profundos. —Mmm, me gustaría que hubiera un modo rápido y fácil de explicarlo —dijo, mientras su mirada se paseaba sin un objetivo claro por todo el mercado—. Todavía estoy intentando comprender todo lo que pasó y que nos trajo hasta aquí. Supongo que la forma más fácil de explicarlo, por ahora, es que el Amo Morau que conociste era un impostor que fingía ser yo. —Pero él ha sido Hawke Morau desde que puedo recordar —dije—. Tú apenas hoy comenzaste a llamarte así —. Hawke levantó una ceja y me miró, pero emitió una risita y me miró con una de sus suaves sonrisas. —Supongo que sería confuso para ti, entonces —asintió—. Si me pongo a pensarlo, yo era un hombre sin nombre para todos allí hasta ayer. Parecería raro que alguien quisiera fingir ser yo, ¿no? —Se tomó la mejilla con su mano llena de callos. era—Aun así, yo era Hawke Morau mucho antes de que ese falso hubiera nacido. Como dije, es un poquito complicado de explicar ahora —Me alborotó el pelo un poco, con su mano libre—. Una vez que vuelva Fern y tengamos tiempo para descansar y recuperarnos un poco más, trataré de explicarte mejor. Con suerte, para entonces habré encontrado una manera mejor de contarlo. No hablamos más hasta que Fern volvió. Traía una pequeña mochila que sostenía con firmeza, pero no podía evitar que sonara musicalmente las pocas veces que rebotó. También noté que tenía un atado similar al que había envuelto la espada, pero era evidente que no se trataba de la misma arma. Respiraba agitado y sudaba un poco, pero parecía contento de vernos atendiendo su puesto. —Ahaha, siéntase en libertad de descansar los piecitos sobre lo que quiera, Jefe —dijo Fern, mientras miraba de costado al lugar improvisado donde Hawke había puesto los pies — ¡Basura, eso son, ahora que está de vuelta! Veo que eligió las dos túnicas más finas que tenía. ¡Buena elección, buena elección! Tiene buen gusto y sin su lengua incluso… —Solo dame el botín, Fern, por favor —. Hawke lo interrumpió y levantó la mano. Fern se estremeció por el gesto, y se apresuró a lanzar la bolsa y el atado a mi compañero. Hawke los tomó rápidamente en un brazo y abrió la mochila con su mano libre. Pasó unos segundos revolviendo el contenido, asintiendo cada tanto y por fin la cerró y le sonrió al tembloroso Fern. —¿Ves, Fern? Sabía que no iba a ser demasiado difícil que consiguieras un pedido tan mísero. Agradezco a la familia. Te permitiré volver a tus asuntos. Micasa y yo tenemos que atender los nuestros. El escurridizo hombre parecía confundido, como si Hawke estuviera diciendo sandeces. De todos modos, era suficiente con saber que su patrón estaba satisfecho y asintió con entusiasmo, mientras otra vez se rascaba la mejilla con nerviosismo. Fue en ese momento que me di cuenta de que el lugar donde Fern se rascaba constantemente tenía una marca extraña: una sola línea negra dibujada justo debajo de su ojo izquierdo. Quería preguntar sobre eso, pero antes de que pudiera hacerlo, Hawke me llevó a la parte trasera de la carpa una vez más. —Toma, Micasa, no es mucho mejor de lo que tienes puesto ahora, pero cualquier cosa es un progreso frente a las porquerías que Fern tiene aquí. De la mochila que Fern le había dado, Hawke sacó una túnica de color ciruela con una cinta para atarla a la cintura. Yo había estado disfrutando bastante la de color naranja que ya me había dado, pero esta era también la primera vez que tenía más de una muda de ropas en la vida, y la idea de tener alternativas sobre qué vestir era demasiado tentadora. Me cambié con rapidez mientras Hawke vigilaba la entrada al corredor, doblando mi túnica naranja de manera tan prolija como si se tratara de las ropas del antiguo Amo Morau, y la puse con cuidado en la bolsa, para que no se ensuciara. Mi nueva túnica tampoco era de mi talle, pero me quedaba mejor que la otra y estaba hecho de un material mucho más suave, que se sentía de maravillas sobre la piel. Me imaginé que eso era lo que los señores y los ricos deben sentir todo el tiempo. Me encantaba pensar que estaba experimentando lo mismo. —¡Epa!, eso sí que es un cambio, luego de los harapos con los que llegaste —dijo Hawke cuando le mostré mi nueva ropa. Mientras me había estado cambiando, Hawke se había puesto un par de anteojos con marco de plata. —No sabía que tenías problemas con la visión —dije. Él se apretó las gafas sobre el puente de la nariz con un dedo y desvió la mirada. —Sí, bueno, es solo un poquito de astigmatismo. Nada importante…ah, no te ciñas la túnica tan fuerte todavía. Todavía estamos bastante desaliñados por el viaje hasta aquí, y sería una pena que ya ensuciaras tus ropas nuevas. Vamos, necesito una comida caliente y un baño más caliente aún. Teniendo en cuenta todo lo que Hawke se había estado quejando sobre las ropas color azul que vestía, y había esperado que él también se cambiaría, pero, en cambio, me tomó de la mano y comenzó a guiarme gentilmente a través del bazar. Por instinto, me había estremecido cuando me agarró, pero no tenía de parecido a las veces en que los capataces me habían capturado para arrastrarme y castigarme. Su agarre era fuerte, sin duda, pero también amable, y más que forzarme me convenció de seguirlo. Me sentí mal por estremecerme, pero si se dio cuenta, no lo demostró. Nuestro segundo paseo por el mercado obtuvo un descenso dramático en la cantidad de miradas feas que recibimos, aunque había muchas personas que se burlaban cuando pasaban junto a Hawke, señalando su brillante túnica. Yo pensaba que le quedaba bien; sobresalía mucho más que cualquiera en la calle, y la brillante sombra de rojo que hacía también me gustaba. Aun así, apuró el paso, mientras miraba los edificios. Su expresión se relajó cuando vio algo en particular y me guio hacia la puerta de un edificio grande de madera de donde salían deliciosos aromas. Hawke no golpeó y entramos directamente, y en vez de retarnos, una mujer grandota nos miró por detrás de un mostrador y nos hizo señas de que entráramos. Se parecía mucho a una de las salas de estar de mi antiguo señor: grande y confortable, con muchas velas que iluminaban varias sillas cómodas que rodeaban una chimenea, la que seguramente estaría bramando si hubiera hecho más frío afuera. Un par de hombres estaban sentados en sillas adyacentes, y un tablón cargado de varios trozos de piedra sobre una mesa entre ellos; en ese momento, parecía que estaban discutiendo sobre el arreglo de las piezas. Había visto al antiguo Amo Morau jugar esos juegos de salón en su estado, cuando tenía huéspedes, y me habría encantado preguntarles cómo se jugaba, pero en seguida vi que Hawke ya había ido al mostrador para hablar con la mujer, dejándome atrás, y me apuré a alcanzarlo por temor a que se burlaran de mí. La mujer hablaba con un acento fuerte, que nunca antes había oído, pero esto no era un obstáculo para Hawke, quien le estaba preguntando por el “precio de las habitaciones”. —Veinte roopulls la noche, mi queeriido —dijo la mujer con su extraño acento. —Aceptable, siempre y cuando la habitación tenga baño privado para poder lavarnos —respondió Hawke—. Venimos de lejos y necesitamos quitarnos el cansancio del viaje —. Buscó en su bolsa, y oí el tintineo de monedas. —Bagno priivaado cuesta sinco extra, queeriido —respondió la mujer, con un tono un poco más duro que antes. Hawke le sonrió, a pesar de todo, y sacó más monedas de su saco. —Mira, te doy treinta y cinco por una noche, pero quiero de inmediato un baño caliente y una comida más caliente aún lista para cuando terminemos de asearnos. ¿Tenemos un trato? Los ojos de la mujer brillaron y esgrimió una sonrisa que mostró los dientes más blancos que yo hubiera visto hasta entonces, incluso más blancos que los del antiguo señor. Hawke pareció satisfecho con su silenciosa respuesta, extrajo un puñado de monedas de su bolsa y lo puso en el mostrador sin contarlo. La posadera contó todo con rapidez, algo en lo que parecía tener práctica, antes de chasquear los dedos. Un niño alto y desgarbado, que vestía una simple túnica de hilo, apareció por una puerta bajo la escalera que llevaba al segundo piso. —¡Bostwick, trrrae la tiina con agua a la habiiitacion doce y dile a Roscoe que prreparre algo de comerrr para nuestros huéspedes! —le ladró al enjuto joven, mientras quitaba el dinero del mostrador y lo guardaba en su monedero, que apareció como por arte de magia. Con apenas una miradita hacia nosotros, el niño llamado Bostwick asintió con fervor y, extrañamente, se volvió a introducir en el armario del que acababa de salir. —¿Era habitación doce? —preguntó Hawke, a lo que la posadera respondió dándole una llave, mientras caminaba hacia una puerta al fondo del edificio. El monedero en el que había puesto nuestro pago todavía tintineaba alegremente en sus manos. —Hawke —dije—, afuera dijiste que querías un baño más caliente que la comida, pero ahora, le dijiste a la señora que querías una comida más caliente. ¿Cómo es? Hawke me miró por un segundo, con sorpresa en sus ojos, antes de lanzar otra risita, lo cual se estaba convirtiendo en un hábito cada vez que yo hacía una pregunta —. Dije los dos, ¿no? Bueno, me gustan las sorpresas, así que veamos qué pasa. Ahora, vamos, que si no me limpio y me quito esta tonta túnica pronto me voy a volver loco. La habitación estaba en el segundo piso, otra sorpresa para mí, porque pensaba que solo los señores tenían el privilegio de tener más de un piso en sus casas. El mobiliario era modesto en comparación al de la habitación de mi antiguo amo, pero aun así, mucho más lujoso de lo que yo esperaba. Una cortina colgaba en la pared de atrás, y al cerrarla la habitación se dividía en dos, para más privacidad. Estaba más interesada en las camas, que parecían mucho más suaves y confortables que mi sucio catre en el que pasara tantas noches. Estaba lista para probarlas cuando Hawke me tomó del hombro y sacudió con suavidad la cabeza. —Creo que la señora de abajo se va a enojar si saltamos a la cama antes de lavarnos —explicó—. Mejor miremos cómo el esmirriado niño está preparando nuestro baño. antesSucedió que el pequeño baño privado en la habitación de al lado ya estaba listo con una tina casi llena de agua caliente. Al parecer, Bostwick era mucho más competente de lo que parecía. Aparentemente, Hawke también pensó lo mismo, porque miró a su alrededor con el ceño fruncido por varios segundos, rascándose la barbilla mientras volvía a mirar la tina una y otra vez. Finalmente, sacudió la cabeza y se encogió de hombros. —Bueno, lo que sea —murmuró—, tú te limpias primero y luego me baño yo. Vengo en seguida. No salgas de la habitación hasta que vuelva, ¿sí? —asentí, aunque no tenía idea de por qué él pensaba que yo me iba a ir sola por ahí. Pareció contento con mi respuesta, cerró la puerta y me dejó para que me bañara. Cuando terminé y salí del baño, Hawke se había ido, pero la señora de abajo estaba esperando con un cepillo para el pelo. —Una liiinda juveen como tú necesita estar bieeen arrrreglada —dijo con una gran sonrisa, y procedió a ayudarme a desenredar el lío que se había instalado en mi cabeza. —Este prrrecioooso color n***o oscuro, serrás muy linda cuando crezcas —me arrullaba la casera con suavidad, mientras me pasaba el cepillo por mi cabello, como por milésima vez. Nunca había prestado atención a mi apariencia; me había parecido algo sin sentido. Mi bronceado era producto de trabajar al aire libre por muchas horas, pero yo era la única esclava en el complejo de pelo n***o, y eso me hacía sentir un poco orgullosa. Al oír que alguien más me alababa por eso, no puede evitar sonreír. Hawke volvió un poco después con un nuevo par de bolsas llenas, que de inmediato depositó sobre la cama. La posadera se había ido un poco antes, y me había dejado el cabello sedoso y brillante a la luz de los candelabros de la habitación, gracias a que me puso un poco de aceite para cepillarlo. Ya me había puesto la túnica ciruela otra vez, ahora muy confortable, y la ajusté sin miedo a ensuciarla. Hawke me dio una mirada de aprobación. —Uno siempre da las pequeñas cosas, como bañarse, por sentado, hasta que no las tenemos más —musitó. Llevando uno de sus nuevos sacos en la mano, se fue a la habitación del baño —. La cena estará lista para cuando termine. ¡Prepárate! Fue tal vez una media hora después que los dos estábamos limpios y sentados en el piso de abajo, en el comedor de la posada. Hawke parecía otro hombre, con el pelo peinado y prolijo y con raya el medio. Se había afeitado la barba a la que yo estaba acostumbrada, y parecía mucho más joven; no podía tener mucho más de veinte. También se había cambiado y vestía una extraña vestimenta compuesta por una camisola larga y blanca que se abría en la mitad, pero estaba ceñida por una faja, y una falda tableada que casi llegaba al piso. El color carmesí oscuro de la falda me hacía pensar en sangre y me inquietaba. Yo me había vuelto a poner la túnica naranja para la cena, incluso a pesar de que Hawke sugirió la de color ciruela varias veces. Frente a nosotros había dispuestos muchos platos que no había visto ni probado antes. Podía identificar algunos porque los había visto en la mesa del antiguo amo, pero a lo sumo los había podido oler; probar su comida era castigado con la escaldadura de la lengua, por eso muy pocos esclavos se habían atrevido a probarla. —Ahora, Micasa, tenemos que hablar de lo que sucederá contigo —empezó a decir Hawke cuando estábamos por terminar de comer. Yo tenía la boca llena de puré de papas, y cuando quise contestar le tiré un poquito a él, pero parecía más divertido que enojado. —Sigue comiendo y escúchame —dijo mientras se limpiaba la cara—. Lo que importa es saber qué quieres hacer desde ahora. No hay muchas opciones para alguien tan joven como tú, pero si quisieras, podría encontrar a alguien que te enseñe algún oficio como coser, o… —¿No me puedo quedar contigo? —lo corté antes de que pudiera terminar —. No quiero estar con un extraño —. Me miró y frunció el entrecejo. —Yo…no sé si eso será lo mejor, Micasa —respondió lentamente. Sus ojos se fijaron en la pared, y midió cada una de las palabras que dijo —. Tengo que atender muchos asuntos, y no puedo garantizar tu seguridad —. Hizo una pausa y luego agregó, casi para él mismo — Ni siquiera sé si puedo garantizar mi propia seguridad, en realidad. —¡Pero tú venciste a los capataces! —dije—. ¡Creo que ni los demonios podrían vencerte!¡Por favor, eres el adulto más agradable que conozco! —golpeé con mis pequeños puños sobre la mesa, como para reforzar lo que estaba diciendo. Hawke se recostó en su silla y se frotó la cara con vigor, mirándome con intensidad. Luego de unos minutos de silencio, cerró los ojos y sacudió la cabeza. —No, Micasa, creo que lo mejor sería enviarte a un orfanato. Changirah es una linda ciudad, mejor protegida que otras. Hay muchas oportunidades. En unos pocos años podrías convertirte en alguien importante. Sentía el calor en mi cara, pero miré al piso tercamente y me forcé a no mostrar mi decepción. Luego de toda la amabilidad que me había demostrado, no estaba lista para renunciar a la única persona que me había tratado bien. Hawke suspiró con fuerza del otro lado de la mesa y se inclinó, tomando mi barbilla con suavidad. —Bueno, no va a ser tan malo. Te digo qué haré: toma esta pequeña chuchería para recordarme. —Buscó dentro del bolsillo de su vestido y sacó algo envuelto en un pañuelo, lo deslizó por la mesa y lo puso frente a mí. Con curiosidad, quité el envoltorio y encontré un cristal un poco más pequeño que mi puño, de color blanco lechoso. A pesar de sentirme triste, no pude evitar un grito de placer. —¿Es una piedra brillante? —exclamé con asombro. Había visto esos cristales antes entre las posesiones de mi antiguo amo. Aparentemente eran piedras muy raras que al entrar en contacto con la piel emitían una luz. Según algunas de las siervas, cuanto más fuerte era el brillo, mayor era la suerte que tendrías en tu vida. No podía contener mi entusiasmo, mientras estiraba la mano hacia el cristal, y un grito de felicidad se me escapó cuando, al tocar la piedra, irradió un pequeño brillo azul; era una piedra de verdad. —¡Voy a amar esto para siempre!¡Gracias, Hawke! —tomé la piedra en mi mano y corrí alrededor de la mesa para abrazarlo, con mi tristeza convertida en alegría pura y simple. Hawke, por su parte, miraba al cristal brillante como si nunca antes hubiera visto algo así. —Qué suerte que te guste tanto —dijo finalmente—. Solo ten cuidado de no mostrarlo muy a menudo. No me gustaría que alguien tratara de robártelo. Asentí, a sabiendas de que otros sentirían celos de mi nuevo tesoro y de que tenía la responsabilidad de protegerlo. Rápidamente, lo envolví en el pañuelo donde Hawke lo había puesto y lo guardé en el bolsillo de mi túnica. Le di unos golpecitos, como para reasegurarme de que estaba seguro. Incluso con el regalo que me había levantado el ánimo, había un silencio sombrío entre nosotros, mientras íbamos arriba a nuestra habitación. Hawke cerró la cortina que dividía el cuarto en dos. No pude disfrutar con propiedad mi primera noche en mi propia cama, dando vueltas y vueltas, preocupada por saber a dónde iría a parar. El resultado, que pasé la noche dormitando entre pesadillas. Me desperté sobresaltada temprano por la mañana, con golpes en la puerta. Miré y vi a Hawke que movía el picaporte tratando de abrir la puerta, en vano. —¡D-disculpas, señur! —se sintió la dócil y apagada voz de algún pobre niño del otro lado, junto con un constante golpeteo. Parecía que el niño se estaba arrojando con todo su cuerpo sobre la puerta. —¡Parece que el cerrojo se trabó! —No hay problema —dijo Hawke—. Solo espero que no la tengamos que derribar para salir. Sería una pena porque la puerta es buena. Finalmente me libré de mi sueño y recordé que había forzado la cerradura en el medio de la noche, luego de una de mis pesadillas, aterrorizada de que alguien pudiera entrar y llevarme de nuevo a la plantación. —¡Perdón, fui yo, Hawke! ¡Yo lo arreglo! —grité, mientras saltaba fuera de la cama, tomando una de mis hebillas de la mesa de luz, mientras iba hacia la puerta. Hawke me miró con atención mientras yo volvía a abrir la puerta con unos pocos movimientos hábiles con mi hebilla. La puerta se abrió de inmediato, y Hawke y yo pudimos hacernos a un lado de un salto, pero el niño, del otro lado, cayó al piso. Hawke me miró fijo con una expresión inescrutable. —Micasa, ¿trabaste tú misma la cerradura? ¿De dónde sacaste una llave? La única que teníamos estuvo en mi bolsillo toda la noche. —Ah, solo usé mi hebilla, como siempre. —Tu…¿tú puedes abrir y cerrar cualquier cosa con tu hebilla? cualquier cosa—¡Sip! La cara se le contorsionó por los pensamientos, por un segundo. Luego, respiró. —Muy bien; cambio de planes. Recoge tus cosas. Nos vamos después de desayunar.
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