¿Era melodramática? Tal vez.
Una mujer con lentes y peinado de institutriz le gritaba en su interior que estaba siendo muy dura con ella misma.
Contempló a su caballero con traje y se preguntó por primera vez si lo había ofendido con su comentario sobre no conocerla. A través de los años desarrolló la costumbre de decir a cada momento lo que sentía y quería, lo que pensaba en el momento que lo pensaba, no cuando ya la discusión había pasado, no cuando el calor se le había esfumado del cuerpo. Ella gritaba y ofendía en el instante en que sus sentimientos estaban a flor de piel.
Su abuela Nana decía que no era baúl de nadie.
Y era una gran verdad. No pudo aprender nunca a mentir. Las veces que de niña lo había intentado terminó por orinarse en la cama. Su padre le preguntaba al otro día sobre qué había mentido. Era un libro abierto con sus expresiones corporales y con sus ojos grises. Sin embargo, en cuanto a ese italiano arrogante, debía reconocer que él no fue más que amable y buena persona. Le brindó su ayuda sin ella solicitarlo, excepto por los veinte minutos que duró en la cafetería siendo intenso por su café.
—Lo lamento —murmuró tímida con la mirada puesta en sus piernas.
—¿Cómo? —Él fijó sus ojos verdes en ella.
Por un momento Melody olvidó hasta su nombre.
Seguro él estaba acostumbrado a provocar esa clase de catalepsia emocional en las mujeres. Era obvio que incluso le pasaba desapercibido cuando una mujer se sentía atraída por él.
—Lo siento, en verdad —volvió a repetir esta vez con más convicción.
—¿Por qué?
Ella lo miró sincera. Él entrecerró los ojos y se giró un poco a la derecha, dedicando más atención a Melody, más de la que ella podía manejar. La mancha de café en su camisa casi estaba seca y ella casi pudo jurar que debajo de la tela se encontraban unos cuadros tallados a mano.
Volvió a mirarlo y se sonrojó ipso facto.
—No fue la respuesta correcta. Responder en ese tono no estuvo bien. Tiendo a decir lo que pienso a quien sea. Todo lo que me llega a la cabeza es expulsado por mi boca en cuestión de segundos.
—Es refrescante conocer a alguien honesto, Melody. —Pensó un momento y continuó—: No todos tienen el valor de decir las cosas cuando son necesarias. Tú eres impulsiva, eso es cierto, pero dices lo que piensas.
Fue obvio para Melody que allí había algo más detrás de esas palabras.
Alguien le había mentido y defraudado su confianza.
—Eso no es bueno. —Miró por la ventana y disimuló no notar la atracción que sentía por él, la electricidad que le recorría el cuerpo y la llamaba hacia él—. No te preocupes, de igual manera, es cierto. No me conoces, y no tendrás que hacerlo.
—Eso no lo sabes. ¿Qué tal que quiera conocerte?
La sorprendió.
La miraba como si lo que intentaba decir detrás de esas palabras fuera tan normal como hablar de la gripe o del polvo del Sahara.
—No lo harás.
—Eso no lo sabes.
—¡Sí que lo sé! —dijo segura de que no volvería a ver a ese hombre jamás—. Solo nos veremos por… ¿Cuánto tiempo falta para llegar a la clínica? —El carro frenó con lentitud y Melody observó cómo sin darse cuenta ya habían llegado a su lugar de destino—. Bueno, esto lo resume. Ya no me conozcas, aunque, cuando quieras, te devuelvo el café que te tiré encima. —Abrió la puerta del carro dispuesta a irse—. Un gusto conocerte, Timothy. Lamento lo de tu camisa y lamento hacerte llegar tarde a tu reunión.
No fue pletórico, pero tampoco un disgusto haberlo visto.
Ella abrió la puerta.
Sintió cómo una mano se posaba sobre su muslo mientras ella se disponía a salir.
—Melody —la llamó.
—¿Ahora qué? Quedamos en que ibas a traerme. Eso era todo. ¿Quieres cobrarme ahora? Mira que no tengo ni un centavo encima, pues no pasé por mi departamento para buscar el dinero y tampoco creo que seas el tipo de hombre que acepta pagos con carne y placer, mucho menos de una mujer embarazada. —El chofer tosió con fuerza y Melody se maldijo por parlotear sin sentido otra vez. Entretanto, Timothy la miraba divertido—. ¿Que? ¿Qué te pasa ahora? Deja de mirarme y dime qué quieres para que pueda irme. Puede que ahora no me esté doliendo, pero no voy a descuidarme y perder el tiempo en tu carro de lujo.
Melody miró el asiento delantero, al chofer de Timothy. El tal Clark parecía gozar con la conversación entre su jefe y ella. Al menos alguien se divertía con la situación.
—Melody —volvió a llamarla.
—¡¿Que?! —le gritó y abrió los ojos enfurecida. No tenía nada de paciencia. Las cosas le gustaba que fueran a su velocidad de Flash, sin tanta parafernalia.
—Precisamente porque no tienes dinero es que estamos aquí. Precisamente porque no tienes dinero es por lo que voy a entrar contigo. ¿Se te olvidó que yo conozco a personas aquí que pueden atenderte sin necesidad de que te cobren un ojo de la cara por el chequeo? —Casi hizo un puchero, simulaba estar inconforme con la situación, pero sus luceros verdes, que la miraban directo a los ojos, disfrutaban de su cara de asombro—. Parece que nos seguiremos viendo un poco más después de todo.