A medida que el barco se alejaba del puerto, el mundo conocido comenzaba a desdibujarse en la distancia. Las luces de la costa titilaban como luciérnagas atrapadas en un frasco, y el murmullo de la ciudad se desvanecía, reemplazado por el canto profundo del océano. El sonido del agua deslizándose contra el casco, el crujido rítmico de la madera bajo sus pies, y el silbido del viento entre las velas componían una melodía antigua, casi sagrada, que parecía hablarle directamente al alma del niño.
Eros se aferró a la barandilla con sus pequeñas manos, los nudillos blancos por la presión. Sus alas, aún húmedas por la bruma marina, se estremecían con cada ráfaga de viento. Observaba el horizonte, donde el cielo y el mar se fundían en un abrazo sin fin, y sintió que su corazón latía al ritmo de las olas. Había algo hipnótico en esa vastedad, algo que lo llamaba y lo asustaba al mismo tiempo. Era como mirar dentro de un espejo que no devolvía su reflejo, sino el de todas las posibilidades que aún no había vivido.
Con cada ola que rompía contra el barco, su determinación crecía. No importaba cuán peligrosa fuera la travesía, ni cuántos secretos escondiera el mar. Estaba listo. Porque había comprendido que la verdadera magia de la vida no se encontraba en la seguridad, sino en los momentos de valentía, en los pasos que se daban con el corazón temblando pero firme. Y él, aunque pequeño, tenía un corazón dispuesto a descubrir.
Apolo, con su melena dorada ondeando al viento y las manos firmes en el timón, guiaba la nave con una mezcla de destreza y despreocupación. Sus ojos brillaban con la emoción del viaje, como si cada estrella en el cielo fuera un faro personal que lo animaba a seguir. Hermes, por su parte, se movía con agilidad por la cubierta, revisando cuerdas, ajustando velas, asegurándose de que todo estuviera en orden. Su rostro, sin embargo, mostraba una tensión que no era habitual en él. Sus cejas estaban fruncidas, y sus pasos, aunque precisos, eran más rápidos de lo normal.
Eros, intentando distraer su mente, se dedicaba a observar el mar. Se inclinaba sobre la borda, dejando que el viento le acariciara el rostro, y trataba de imaginar qué criaturas nadaban bajo la superficie. ¿Habría sirenas como las de las historias de Apolo? ¿O monstruos dormidos que despertaban con el canto de las olas? Su imaginación volaba, pero una inquietud comenzaba a instalarse en su pecho, como una gota de agua que se filtra lentamente hasta empapar todo.
Fue entonces cuando lo sintieron. Un escalofrío recorrió la cubierta, como si una sombra invisible hubiera pasado sobre ellos. El aire, que hasta hacía un momento era fresco y salado, se volvió denso, cargado de una electricidad que erizaba la piel. Las velas crujieron con un lamento extraño, y el barco, que hasta entonces se deslizaba con gracia, comenzó a mecerse con violencia. Las olas, antes juguetonas, se alzaban ahora como criaturas vivas, golpeando el casco con una fuerza que parecía deliberada.
Eros se giró hacia sus tíos, buscando respuestas. Apolo intentaba mantener el control del timón, pero incluso él parecía desconcertado. Su voz, normalmente firme y melodiosa, se alzó por encima del viento:
—¡Tranquilos! ¡Debe ser una corriente pasajera! ¡Nada que no podamos manejar!
Pero sus palabras se perdían en el rugido del mar, y el niño supo que no era una simple corriente. Había algo más. Algo que se movía bajo las aguas, algo que los observaba.
Hermes, que había estado en silencio, se detuvo en seco. Su mirada se clavó en el horizonte, pero no parecía ver el mar, sino algo más allá, algo que solo él podía percibir. Su voz, cuando habló, fue baja pero firme, como una advertencia que no admitía réplica:
—Apolo… sabes que siempre hay consecuencias cuando tomas algo que no te pertenece. No puedes simplemente apropiarte de lo que no es tuyo, incluso si crees que es un simple viaje.
Apolo soltó una carcajada, aunque sonó más tensa de lo habitual. Se giró hacia su hermano, aún con las manos en el timón.
—Vamos, Hermes, no es para tanto. Solo tomé un barco prestado. ¿Acaso no es lo que hacemos los dioses? Si queremos algo, lo tomamos. Aprovechamos cada oportunidad que el mundo nos da. ¿No es eso lo que nos diferencia de los mortales?
Hermes no respondió de inmediato. Sus ojos seguían fijos en el mar, que ahora se agitaba con una furia creciente. El cielo comenzaba a oscurecerse más allá de lo natural, como si una tormenta se gestara desde las profundidades.
Eros, sintiendo que la tensión entre sus tíos podía escalar, intervino con voz temblorosa:
—Oigan… tal vez deberíamos pensar en las repercusiones. Si alguien se ha molestado, podría ser… ya saben, un dios que no toma bien estas cosas.
Ambos dioses lo miraron. Apolo frunció el ceño, claramente irritado por la interrupción.
—¿A quién crees que podría ser, Eros? No hay muchos dioses que se irriten por un barco.
El niño tragó saliva. Su voz fue apenas un susurro, pero cargado de una certeza que no sabía de dónde venía:
—Podría ser Poseidón. Él es el dios del mar… y no le gusta que se le falte al respeto en su dominio.
Un silencio denso cayó sobre la cubierta. Incluso el viento pareció contener la respiración. Apolo se encogió de hombros, intentando mantener su actitud despreocupada.
—Poseidón siempre está de mal humor. No es mi culpa si no sabe compartir.
Pero Hermes no compartía su ligereza. Su rostro se había vuelto grave, y su voz, cuando habló, tenía un peso que raramente mostraba:
—Si es Poseidón, deberíamos tener cuidado. Su ira no es como la de los demás. Es antigua, profunda, como el mar mismo. Y no perdona fácilmente.
En ese instante, una ola más alta que las anteriores se alzó frente a ellos, oscureciendo el cielo por un momento. El barco se elevó, crujió, y luego cayó con un estruendo que hizo temblar la cubierta. Eros cayó de rodillas, aferrándose a la barandilla, y por un segundo creyó ver algo bajo el agua: una sombra inmensa, un ojo que lo observaba.
El mar no era solo agua. Era voluntad. Era juicio.
Y ellos acababan de cruzar una línea invisible.