Capitulo 10

766 Words
El silencio en la cabaña se volvió denso, roto únicamente por el crujir de la leña en la chimenea. Hermes dejó su taza sobre la mesa de madera con una parsimonia calculada, manteniendo sus ojos fijos en el pequeño dios. La advertencia había quedado suspendida en el aire como una sentencia: la ayuda de Hermes tenía un precio, y ese precio era la honestidad brutal. Eros apretó la taza con sus manos pequeñas, sintiendo el calor del chocolate, pero el frío que le recorría la espalda no era por el clima exterior, sino por la mirada penetrante de su tío. Sabía que con Hermes no servían los trucos de salón ni las flechas de distracción. Él era el maestro de las encrucijadas, el que conocía todos los caminos, incluidos los que la gente intentaba ocultar en su propia mente. Al ver que Hermes ya había desplegado un nuevo pergamino virgen y sostenía la pluma con una seriedad que intimidaba, Eros tragó saliva. El ceño fruncido de su tío era una señal clara de que su paciencia estaba al límite, pero el hecho de que estuviera dispuesto a trazar el mapa era el puente que Eros necesitaba cruzar. -Bien, todo empezó esta mañana... -comenzó Eros, su voz apenas un susurro que ganaba fuerza a medida que las palabras empezaban a fluir como un río desbordado-. No fue una misión cualquiera, Hermes. No eran "dos almas perdidas" al azar. Era ella. La princesa que vi en el puerto de Tebas, la que... la que me hizo sentir que mis propias flechas se habían vuelto contra mí. Hermes no interrumpió, pero el movimiento de su pluma se detuvo un milímetro sobre el papel. Sus ojos se entrecerraron. -Apolo piensa que solo es una aventura más, un capricho de niño -continuó Eros, con un tono de amarga sinceridad-. Pero cuando la vi perderse en la niebla del puerto esta mañana, sentí un vacío que no pude llenar con juegos. Intenté seguirla por mi cuenta, pero me sentí pequeño, Hermes. Por primera vez, el dios del amor no sabía cómo navegar hacia lo que amaba. Me dio miedo que Zeus se enterara de que seguía obsesionado con lo que pasó en el Olimpo, con la burla de los demás dioses... por eso mentí. No quería que pensaran que sigo siendo aquel niño que no sabe controlar sus propios deseos. Eros bajó la mirada, esperando la reprimenda, el sarcasmo o, peor aún, la risa. Pero Hermes se mantuvo en silencio, procesando la confesión. El dios de los ladrones reconoció en las palabras de su sobrino el mismo eco de desesperación que él sintió cuando se vio envuelto en los hilos del destino y la voluntad de su padre, Zeus. Hermes dejó escapar un suspiro largo, y la rigidez de sus hombros se suavizó apenas un poco. El ceño seguía allí, pero la chispa de molestia había sido reemplazada por algo que se parecía mucho a la complicidad. -Así que no es un barco hundido lo que te detiene, sino el miedo a ser juzgado de nuevo -dijo Hermes, empezando a trazar una línea firme en el mapa, una que no era un camino común, sino una ruta oculta entre las sombras de las islas-. Al menos ahora hablamos el mismo idioma. Si quieres encontrarla antes de que el Olimpo se dé cuenta de tu ausencia, necesitaremos algo más que un barco de pesca. Necesitaremos discreción y una ruta que ni siquiera los ojos de Helios puedan seguir con facilidad. Eros levantó la cabeza, y por primera vez en todo el día, la esperanza en sus ojos no era una distracción infantil, sino una llama real. -¿Entonces... me ayudarás de verdad? ¿Sin juegos? -Te ayudaré porque sé lo que es ser el centro de la burla de los grandes -respondió Hermes, clavando su mirada en la de Eros-. Pero escúchame bien: si volvemos a encontrar a Apolo y decides seguirle la corriente con sus fantasías, te dejaré a la deriva. En este mapa, Eros, solo hay espacio para la verdad. Ahora, dime... ¿hacia dónde viste que se dirigía su embarcación exactamente? Cada detalle cuenta. Eros asintió con fervor, sintiendo que el peso en su pecho se aligeraba. Mientras empezaba a describir los detalles del barco de la princesa y el rumbo que tomó entre la bruma, Hermes comenzó a llenar el pergamino con anotaciones rápidas y símbolos que solo un viajero experto podría descifrar. La cabaña, antes fría y tensa, se convirtió en el centro de operaciones de una misión que ya no era un juego, sino un rescate.
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