Hay cosas que el dinero te enseña y que la pobreza no puede quitarte.
La postura, por ejemplo. Años de clases en la mansión Clifford, de desayunos con la espalda recta y la barbilla en el ángulo exacto que separaba a las personas de valor de las que simplemente ocupaban espacio — eso no desaparece cuando el banco ejecuta la hipoteca y tu marido pierde el último centavo en una mesa de póker a las tres de la mañana.
Lo supe el día que tuvimos que vender el último auto. Me paré en la acera frente al comprador — un hombre con las manos sucias de grasa y una sonrisa que me evaluaba como si yo también estuviera en venta — le sostuve la mirada con esa frialdad aprendida en los salones de los Clifford. Él bajó los ojos primero.
La Lucia que fui habría sentido satisfacción por eso.
La Lucia que me había convertido solo sintió cansancio.
Pero la postura se quedó. Y fue lo último que me quedó durante mucho tiempo.
✝✝✝
Dante me propuso el trato un miércoles, durante el desayuno, con la misma naturalidad con que podría haber pedido más café.
—Cenarás conmigo —dijo, sin levantar la vista de sus documentos.
Lo miré.
—Ya desayunamos juntos —respondí.
—El desayuno es logística —dijo—. La cena es otra cosa.
—¿Qué cosa?
Ahora sí levantó la vista. Sus ojos negros me encontraron con esa calma que ya no me sorprendía pero que tampoco había dejado de incomodarme.
—Conversación —dijo—. Una hora. Cada noche. A cambio, tendrás libertad de movimiento por toda la mansión. Incluido el ala sur y los jardines nocturnos.
Procesé eso.
—¿Toda la mansión? —repetí.
—Toda —confirmó—. Con una excepción obvia.
El ala norte. La cerradura roja. La habitación que era de Renata.
No lo dije. Él tampoco.
—¿Y si no acepto? —pregunté.
—Entonces seguimos como hasta ahora —dijo, con una indiferencia que era completamente creíble y que por eso mismo era una forma de presión—. Tú decides, Lucia.
Odiaba cuando hacía eso. Cuando me devolvía la decisión como si fuera un regalo, cuando en realidad el marco de esa decisión lo había construido él, con sus paredes y su techo y su única puerta de salida.
Pero también — y esto era lo que me resultaba imposible ignorar — era verdad que me daba una opción. Que no me forzaba. Que llevaba semanas durmiéndose a un metro de distancia sin cruzar la línea.
La Lucia Clifford que fui no habría dudado. Habría negociado, habría contraatacado, habría encontrado la manera de convertir ese trato en una victoria propia antes de aceptarlo.
La Lucia que había sobrevivido a Alex, a la deuda, a los años de fingir que todo estaba bien mientras todo se derrumbaba — esa Lucia sabía que a veces aceptar no era rendirse. Era sobrevivir para pelear después.
—Una hora —dije—. Y me reservo el derecho de levantarme si la conversación me resulta insoportable.
Algo en la comisura de sus labios. No llegó a ser sonrisa — era algo anterior a la sonrisa, el movimiento muscular que la precede en una persona que hace mucho dejó de completarlas.
—Trato hecho —dijo Dante, y volvió a sus documentos.
✝✝✝
La primera cena fue un ejercicio de guerra fría.
El comedor nocturno era diferente al del desayuno — más íntimo, con velas sobre la mesa y una vajilla que probablemente tenía historia familiar detrás. Dante llegó puntual, se sentó, y durante los primeros veinte minutos el único sonido fue el de los cubiertos y el de el vino siendo servido por Rosa, que se movía entre nosotros con la invisibilidad de un fantasma bien entrenado.
Yo comí con la espalda recta y la barbilla en el ángulo de los Clifford.
Él lo notó. Lo supe porque sus ojos se detuvieron en mí un segundo más de lo habitual, con algo que no era exactamente aprobación pero que tampoco era su indiferencia habitual.
—¿Cuándo perdiste la fortuna de los Clifford? —preguntó, con esa franqueza suya que no pedía permiso.
Me tomó por sorpresa — no porque fuera inesperada viniendo de él, sino porque apuntó exactamente al lugar correcto.
—No la perdí yo —dije—. Mis padres murieron cuando Gianna aun era un bebé. Lo que quedó fue administrado por un primo que resultó ser tan bueno apostando como Alex. —Una pausa—. Parece que tengo afinidad por ese tipo de hombres.
Lo dije con una ironía que no planeé y que salió sola, afilada. Dante levantó su copa.
—O ese tipo de hombres tiene afinidad por ti —dijo, y no pude determinar si era un cumplido o una observación clínica o las dos cosas al mismo tiempo.
—¿Y tú en cuál categoría entras? —pregunté.
Silencio. Luego:
—En ninguna de las anteriores —dijo—. Yo no apuesto.
—No. Tú compras.
La palabra quedó suspendida entre nosotros sobre la mesa como algo con peso propio. Dante no parpadeó. No desvió la mirada. Me la sostuvo con esa calma que era su arma más efectiva.
—Sí —dijo simplemente—. Yo compro.
No había arrepentimiento en eso. No había justificación. Solo el hecho, desnudo y sin adorno.
Curiosamente, esa honestidad me resultó menos insoportable que cualquier excusa que pudiera haber dado.
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¡Hola a todos! Tengo una sorpresa especial hoy. Aunque nos faltó un poco para la meta de favoritos, he decidido que Dante y Lucía no pueden esperar más. ¡Aquí tienen su maratón de 5 capítulos como un regalo total!
Hago esto porque quiero que nuestra "casa" esté llena y vibrante. En las próximas horas, recibiremos a una nueva oleada de lectores que vienen desde Inkitt, donde la historia ha explotado con más de 428 lecturas en un solo día.
Quiero que cuando ellos lleguen, vean la increíble comunidad que estamos formando aquí en Dreame, que es donde tengo mi contrato firmado y donde, con su apoyo, estoy construyendo mi carrera como autor profesional.
Disfruten del cierre de este Acto 1, por que mañana mismo daremos inicio al ACTO 2, y les advierto: lo que viene es mucho más picante, oscuro y adictivo de lo que pueden imaginar.
¡Denle al botón de "Favorito" (corazón) para darles la bienvenida a los nuevos y prepárense para la tormenta que inicia mañana!