Esa noche no pude fingir que dormía.
Dante llegó a las once. Lo escuché quitarse los zapatos en el vestidor, el sonido de la camisa sobre la mesita de mármol, el grifo del baño abriéndose y cerrándose. Toda esa rutina de un hombre que vive solo desde hace tanto tiempo que sus movimientos tienen la precisión de algo que nunca tuvo que negociar con nadie.
Se metió en la cama.
Apagó la luz.
Silencio.
Conté hasta sesenta. Luego hasta ciento veinte. La oscuridad de la habitación era densa, perfumada con ese aroma suyo que ya no podía fingir que no reconocía — tabaco, cedro, algo más cálido debajo que no tenía nombre pero que mi cuerpo identificaba antes que mi cerebro.
Lo odiaba. Odiaba que mi cuerpo supiera cosas que mi mente rechazaba.
—¿Quién era? —pregunté. A la oscuridad. A él. Sin decidir bien a cuál de los dos.
Silencio.
Pensé que no respondería. Ya había aprendido que Dante usaba el silencio como otros usaban las palabras — con intención, con peso, como una herramienta.
—¿Quién era quién —dijo. No era pregunta. Era una invitación a que yo terminara lo que había empezado.
—La mujer que estuvo antes que yo en esta habitación —dije.
La oscuridad se tensó.
No hubo movimiento en el lado de Dante. Ni un cambio en su respiración, ni el crujido del colchón bajo su peso. Solo ese silencio nuevo, diferente a los anteriores, que tenía textura propia.
—¿Quién te habló de eso? —preguntó. Su voz era exactamente igual de fría que siempre, pero algo en el fondo — algo muy al fondo — había cambiado de tono.
—No importa —dije.
—En mi casa todo importa, Lucia.
—Entonces respóndeme.
Otra pausa. Larga. Del tipo que no es duda sino decisión.
—Se llamaba Renata —dijo finalmente—. Y no está porque eligió no estar. Nadie la retuvo.
—¿Se fue voluntariamente?
—Tan voluntariamente como puede irse alguien que firmó un contrato —respondió, y en esa frase había algo filoso que no era del todo mentira ni del todo verdad.
Me quedé procesando eso.
—¿Y el contrato de Renata era como el mío? —pregunté.
Esta vez el silencio duró más.
—No —dijo Dante—. El tuyo es diferente.
—¿En qué sentido?
Nada. Solo la oscuridad y su respiración pareja y ese aroma que no me daba tregua.
—Duerme, Lucia —dijo.
No era una orden. Era casi — casi — otra cosa. Algo que en otro contexto, en otra vida, podría haber sonado a cuidado.
No respondí.
Me giré hacia el borde de la cama, de espaldas a él, y clavé los ojos en la oscuridad del muro frente a mí. A mis espaldas, a ese metro de distancia que ninguno cruzaba, Dante Moretti respiraba con la calma de alguien que no debe nada a nadie.
Y yo me pregunté, por primera vez con una honestidad que me costó admitir, si ese metro de distancia lo ponía él para protegerse de mí o para protegerme a mí de él.
✝✝✝
A la mañana siguiente, antes del desayuno, fui a ver a Gianna.
La encontré despierta y sentada en el borde de su cama, con el cabello suelto y los ojos más despejados que en días anteriores. Sobre la mesita de noche tenía el Orgullo y Prejuicio de Dante, una taza de té a medio terminar, y una libreta con anotaciones en su letra pequeña y ordenada.
—¿Qué es eso? —pregunté, señalando la libreta.
—Observaciones —dijo, sin rodeos.
—¿De qué?
—De todo. —Me miró—. Si vamos a salir de aquí algún día, necesitamos información. Yo tengo tiempo y acceso a esta ala. Tú tienes acceso a más. Deberíamos compartir lo que vemos.
La miré un momento largo, sintiéndome orgullosa de ella. Y es que ya pensaba como alguien que ha decidido que el miedo no puede ser su única respuesta.
Me senté a su lado.
—¿Qué has visto tú? —pregunté.
—Que hay un guardia que cambia de turno a las tres de la madrugada y tarda exactamente cuatro minutos en llegar desde el ala norte. —Gianna pasó una página—. Que Carmela es la única empleada que entra al despacho de Dante sin llamar. Que Dylan tiene miedo de algo, aunque no sé de qué. Se le nota en cómo revisa su teléfono cada vez que Dante sale de la mansión.
La observé.
—¿Cómo sabes todo eso?
—Porque nadie presta atención a la chica que lee en el sillón de la biblioteca —dijo, con una simplicidad que me golpeó en el centro del pecho.
—Hay algo más —dijo Gianna, bajando la voz—. Ayer escuché a dos empleados hablar en el pasillo. Mencionaron un nombre. —Hizo una pausa—. Moretti padre.
Me quedé quieta.
—¿Qué dijeron exactamente?
—Que lleva semanas mandando mensajes. Que Dante no los responde. —Sus ojos se encontraron con los míos—. Mamá. Dante tiene un padre. Y aparentemente, su padre no sabe que nosotras estamos aquí.
✝✝✝
El desayuno con Dante esa mañana fue diferente.
Él no lo sabía. Yo tampoco lo dije. Pero algo había cambiado en la manera en que lo miraba, y aunque Dante era imposible de leer, algo en la forma en que levantó la vista de sus documentos una fracción de segundo más de lo habitual me dijo que él también lo notó.
El imperio de Dante Moretti tenía grietas.
Y yo acababa de encontrar la primera.