Capítulo 11: Lo que queda de nosotras

1370 Words
No respondí. Estuve horas mirando el techo de la habitación de Dante, contando las venas del mármol como si fueran los minutos que me separaban de mi hija. En algún momento él se levantó sin hacer ruido, se vistió con esa lentitud soberbia que le era natural, y salió cerrando la puerta con un clic suave que sonó igual que una sentencia. No me dijo nada. No hizo falta. Yo sabía las reglas de esta jaula. Una de las empleadas de la mansión —una mujer de mediana edad con el rostro neutro de quien ha aprendido a no ver nada— me dejó ropa doblada sobre la cama. Un vestido sencillo color crema. Nada provocativo. Casi como si Dante quisiera recordarme que aquí yo no era una amante. Era una posesión, y las posesiones no necesitan lucir bien para nadie más que para su dueño. Me duché en el baño de mármol n***o, bajo un chorro de agua tan caliente que casi quemaba, intentando desprenderme de su aroma de mi piel. No funcionó. El olor de Dante Moretti parecía haberse instalado en algún lugar debajo de mis huesos, en un sitio al que el agua no llegaba. Lo odiaba. Lo odiaba con una claridad que me daba fuerzas para ponerme de pie. Me vestí. Peiné mi cabello n***o con los dedos. Y entonces esperé. La misma empleada regresó. —El señor Moretti ha autorizado que visite a su hija durante treinta minutos —dijo, con los ojos fijos en el suelo—. La acompañaré. Como si el tiempo con mi propia hija fuera un privilegio que él podía medir y recortar a su antojo. Apreté la mandíbula, tragué el insulto, y asentí. Porque así funcionaba esto. Yo tragaba. Yo obedecía. Y Gianna seguía a salvo. Por ahora. Me llevaron a un ala diferente de la mansión, una que olía a madera pulida y flores frescas. Todo en Villa Moretti era hermoso de una manera que oprimía el pecho: demasiado perfecto, demasiado silencioso, demasiado controlado. La belleza aquí no era un regalo. Era una demostración de poder. La empleada se detuvo frente a una puerta blanca y llamó dos veces. Silencio. Luego, el sonido de pasos rápidos. Y la puerta se abrió. Gianna. Mi niña. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar, el cabello n***o enredado, y llevaba puesta una pijama de seda que claramente no era suya. Pero cuando me vio, sus labios temblaron de una forma que reconocí desde el día en que nació: el gesto previo al llanto más honesto del mundo. —Mamá —susurró, y en esa sola palabra había todo. Me lancé hacia ella antes de que pudiera terminar de pronunciarla. La abracé con una fuerza que quizás le dolió, pero que no pude moderar. Enterré la nariz en su cabello y cerré los ojos, y por un segundo —solo un segundo— conseguí olvidar dónde estábamos. Olvidé el contrato, la mansión, el hematoma oscuro en mi cuello que ella aún no había visto. Solo éramos nosotras dos. Como siempre habíamos sido nosotras dos. —Estoy aquí —le dije al oído, con una calma que me costó todo lo que tenía—. Estoy aquí, mi amor. —Tengo miedo, mamá —sollozó contra mi hombro—. Tengo tanto miedo... —Lo sé. Lo sé, mi vida. La hice entrar a la habitación. La empleada se quedó en el umbral, discreta pero presente. Siempre presente. Senté a Gianna en el borde de la cama y me arrodillé frente a ella, tomando su rostro entre mis manos. La miré a los ojos: los mismos ojos oscuros que me miraban desde el espejo cada mañana, pero jóvenes todavía, sin las capas de resignación que los míos ya cargaban. Dieciocho años. Mi hija tenía dieciocho años y no merecía nada de esto. —¿Te han tocado? —pregunté, bajando la voz. —No —respondió rápido, negando con la cabeza—. Nadie me ha tocado. Me dieron esta habitación, comida... pero no puedo salir. Hay guardias afuera. Algo dentro de mí se aflojó, aunque solo un poco. —Bien —dije—. Eso es lo que importa ahora. ¿Me escuchas? Que nadie te toque. —¿Y a ti? —Sus ojos bajaron a mi cuello. Vi el momento exacto en que lo encontró: el hematoma violeta con las marcas dentales de Dante, oscuro como una flor venenosa sobre mi piel. Su expresión se descompuso—. Mamá... ¿qué te hizo? Abrí la boca. La cerré. No había respuesta honesta que una madre pudiera darle a su hija en ese momento sin destrozarla. —Estoy bien —mentí. —¡No estás bien! —Su voz subió, temblando—. ¡Eso es una marca, mamá! ¡Te marcó como si fueras...! —Gianna. —¡Como si fueras un objeto! —terminó, y las lágrimas volvieron a rodar por sus mejillas—. Todo esto es culpa de papá. Todo. Y yo lo odio. Lo odio con toda mi alma y no me importa si es malo decirlo porque él nos vendió, mamá. Nos vendió como si fuéramos cosas. No la contradije. Porque tenía razón. Y porque a veces el amor más honesto que puedes darle a alguien es no mentirle sobre el mundo. Le sequé las lágrimas con los pulgares. Luego tomé sus manos entre las mías, esas manos que alguna vez fueron pequeñas y que yo sostenía cruzando la calle, y las apreté. —Escúchame bien —dije, con una voz que ya no temblaba—. Voy a sacarte de aquí. No sé cómo ni cuándo, pero lo voy a hacer. Tú solo tienes que hacer una cosa por mí. —¿Qué cosa? —No perder la esperanza. ¿Puedes hacer eso? Gianna me miró un momento largo. Luego asintió, despacio, con esa dignidad silenciosa que no sé de dónde sacó, porque ciertamente no fue de su padre. —Sí —dijo—. Pero tú también tienes que prometerme algo. —Lo que quieras. —Que tú tampoco la perderás. Me quedé sin palabras. Porque no supe si era capaz de cumplirla. Los treinta minutos pasaron demasiado rápido. Cuando la empleada anunció desde el umbral que el tiempo había terminado, Gianna se aferró a mis manos con una fuerza que me arrancó algo del pecho que no tenía nombre. —Mañana volveré —prometí—. Todos los días que pueda, vendré a verte. Ella asintió sin soltar mis manos. Tuve que ser yo quien las soltara. Tuve que ser yo quien se pusiera de pie, quien se diera la vuelta, quien cruzara el umbral de esa puerta mientras escuchaba su respiración entrecortada detrás de mí. Tuve que ser yo la fuerte. Como siempre. Caminé por el pasillo de madera pulida sin mirar atrás, porque si miraba atrás no iba a poder seguir caminando. Y necesitaba caminar. Necesitaba llegar al final de ese pasillo, doblar la esquina, y entonces —solo entonces— permitirme sentir el peso de todo lo que acababa de tragarme. Lo hice. Doblé la esquina. Y me encontré directamente con el pecho de Dante Moretti. Estaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y ese traje oscuro que llevaba como una segunda piel. Sus ojos negros me estudiaron: mi expresión, mi postura, el rastro húmedo que las lágrimas habían dejado en mis mejillas antes de que yo pudiera secarlas. No dijo nada de inmediato. Yo tampoco. Luego, en voz muy baja, él habló: —Treinta minutos diarios —dijo—. Todos los días. Con una condición. Lo miré fijamente, esperando. —Que dejes de mirarme como si planeara matarte —continuó, con algo en la voz que no logré descifrar—. Me resulta... poco interesante. Pasé a su lado sin responderle. Pero mientras caminaba de regreso a su habitación, con el aroma de Gianna todavía en mis manos y la promesa que no supe si podría cumplir pesando sobre mis hombros, me di cuenta de algo que me inquietó más que cualquier amenaza: Dante Moretti me había dado acceso a mi hija sin que yo se lo pidiera. Y no sabía qué hacer con eso.
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