Capítulo 4: La Marca del Dueño

720 Words
Dante Moretti entró como una sombra de alta costura, inundando la sala con su aura de tabaco y peligro. Se detuvo justo para ver el final de la bofetada. Los labios de Alex Valenti supuraban sangre, pero Dante solo sonrió. Le divertía ver cómo sus juguetes se despedazaban entre sí. Lucia no apartó la vista de su marido. El odio le daba una firmeza que nunca supo que tenía, pero en el fondo de sus ojos, escondido bajo la furia, había un destello de agonía; el resto de un amor que se negaba a morir del todo. —Me equivoqué, Alex —dijo ella con una voz que cortaba—. No llegas a ser ni un residuo de ser humano. Entonces, giró hacia el gigante de un metro noventa. Sus ojos negros no temblaron. —¿Tú eres Dante Moretti? —preguntó con una resolución gélida—. Puedes tenerme a mí. Pero a mi hija no la tocas. Alex levantó la vista, y al escuchar el ofrecimiento de Lucia, una chispa de esperanza asquerosa brilló en sus ojos. Él creyó que ella se entregaba para salvarlo a él. Y Lucia, al verlo tan patético y vulnerable, sintió esa punzada de compasión traicionera: estaba dispuesta a sacrificarse por el hombre que alguna vez amó, pero jamás entregaría a su hija. Dante suspiró con una burla oscura, detectando ese residuo de afecto que Lucia aún guardaba. En un movimiento que ella no vio venir, la atrapó por el brazo. Su agarre era como una esposa de acero. —Estás muy equivocada, Lucia —le susurró al oído, su aliento caliente erizándole la piel—. Tú ya no tienes voz ni voto. Ahora eres un objeto. MI OBJETO. Él no necesitaba un contrato para tomar lo que quería, pero le gustaba el juego. Cuando Lucia intentó resistirse y sus uñas rasgaron la mano venosa de Dante, sacando finas gotas de sangre, el aire en la habitación se congeló. Dylan, su mano derecha, estuvo a punto de saltar sobre ella, pero Dante lo detuvo con una mirada. Moretti no quería que otros la tocaran. Él quería marcarla personalmente. En medio del caos, los hombres de Dante arrastraban a Gianna —amordazada y forcejeando— hacia la sala, Lucia se lanzó a protegerla. Agarró un jarrón, lista para matar, pero Alex la sujetó por la espalda. El jarrón se estrelló contra el suelo, rompiéndose en mil pedazos, como la última pizca de dignidad de la familia Valenti. —¡ES TU HIJA, ALEX! ¡A ELLA NO! —gritó Lucia, desesperada. Dante no tuvo más paciencia. Empujó a Alex al suelo como si fuera un estorbo y derribó a Lucia sobre el sofá. Se colocó encima de ella, atrapando su cabello y exponiendo su cuello. Sus dientes blancos brillaron un segundo antes de hundirse en la piel suave de la mujer. —¡Ah! —soltó ella. No fue un gemido, fue un grito de dolor al sentir cómo los dientes de Dante la reclamaban. Cuando él se retiró, un hematoma rojo y violento, con las marcas dentales perfectamente definidas, brillaba en su piel. Marcada para siempre. —El bolígrafo —ordenó Dante. A la fuerza, guió la mano de Lucia sobre el papel. Un garabato borroso selló el destino de ambas. —Llévense a la chica al auto —mandó Dante. Gianna miró a su padre una última vez, buscando una salvación que nunca llegó. —Ahora, Lucia... mi propiedad. O vienes conmigo, o tu hija pagará por tu terquedad. —Iré... iré —sollozó ella, rota—. Por favor, no le hagas daño a Gianna. Dante sonrió y se puso en pie, ajustándose el saco de vinilo. —Dylan, llévala al coche. Tengo algo que hablar con este desperdicio a solas. Cuando la sala quedó en silencio, Alex Valenti intentó sonreír a través de sus lágrimas. —¿Estoy... estoy libre? —preguntó con una esperanza repugnante. —Sí, Alex. Estás libre —Dante le propinó un golpe brutal en el estómago que lo dobló en dos. De la mano de Alex cayó un trozo afilado de jarrón; había intentado traicionar a Dante una última vez—. Vive una buena vida, Valenti. Porque si te vuelves a cruzar en mi camino, lo último que verás será mi rostro.
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