Capítulo 13: Las Reglas No Escritas

1126 Words
Pasé la mañana aprendiendo la geografía de mi jaula. No porque Dante me lo permitiera explícitamente — sino porque nadie me detuvo cuando empecé a caminar. Eso, comprendí, era una forma de permiso. En Villa Moretti, lo que no estaba prohibido era una invitación a estudiar los límites. La mansión tenía tres alas. El ala principal, donde estaba el dormitorio de Dante, el comedor y las salas de reunión. El ala este, con la biblioteca, los jardines y las habitaciones de huéspedes — donde estaba Gianna. Y el ala norte, cuyas puertas permanecían cerradas y frente a las cuales los empleados desviaban los ojos de una manera que decía todo sin decir nada. ✝✝✝ La biblioteca era lo más cercano a la belleza honesta que había encontrado en esa casa. Techos altos, estantes de madera oscura que llegaban hasta arriba, una escalera de caracol en el rincón, y esa luz particular que tienen los espacios con muchos libros: dorada, quieta, con olor a papel y a tiempo. Me detuve en el umbral más de lo que era necesario. Adentro, sentada en un sillón junto a la ventana con un libro abierto sobre las rodillas y los pies recogidos debajo del cuerpo, estaba Gianna. Levantó la vista. Nuestros ojos se encontraron. Esta vez no corrimos la una hacia la otra. Esta vez fue diferente — más quieto, más adulto, más cargado de todo lo que habíamos digerido durante la noche. Me acerqué despacio y me senté en el sillón frente a ella. Gianna cerró el libro sin mirar el título. —¿Dormiste? —le pregunté. —Algo —dijo—. ¿Tú? —Algo. Silencio. Pero era un silencio nuestro, conocido, del tipo que se construye durante años de vivir juntas y saber cuándo las palabras sobran. —La cama es ridículamente cómoda —dijo Gianna de pronto, con un tono que pretendía ser neutral pero no lo lograba del todo—. Me hace sentir culpable lo cómoda que es. —Lo sé. —No debería sentirse cómodo nada de esto. —No —concordé—. No debería. Gianna miró por la ventana. Afuera, los jardines del ala este eran una extensión de verde perfecto, con setos recortados en formas geométricas y una fuente en el centro que sonaba como agua sobre piedra. Hermoso. Controlado. Como todo aquí. —¿Qué vas a hacer, mamá? —preguntó en voz baja. —Por ahora, aprender. —Crucé las manos sobre mi regazo—. Este lugar tiene reglas. Necesito entenderlas antes de poder romperlas. —¿Y Dante? Su nombre en boca de Gianna sonó diferente. No con miedo — con algo más complejo. La evaluación de alguien joven que está intentando entender una amenaza que no tiene forma conocida. —Dante es un problema que estoy estudiando —dije. —Es peligroso. —Sí. —Pero esta mañana mandó que me trajeran libros. —Gianna levantó el volumen que tenía en las manos: era una edición antigua de Orgullo y Prejuicio, con las tapas de cuero verde—. Rosa me preguntó qué géneros me gustaban. Yo le dije que clásicos. Y una hora después apareció esto. Me quedé mirando el libro un momento. —No lo convierte en buena persona —dije. —No —concordó Gianna—. Pero lo convierte en algo más complicado que un monstruo simple. Y eso me parece más peligroso todavía. La miré. Dieciocho años, y mi hija, ya entendía algo que a mí me había costado una noche entera procesar. Sentí ese orgullo extraño y doloroso que tienen las madres cuando sus hijos las superan. ✝✝✝ Pasamos dos horas en esa biblioteca sin hacer nada en particular. Gianna leyó. Yo fingí leer mientras en realidad estudiaba la dinámica de los empleados que entraban y salían: quién tenía acceso a qué espacios, quién evitaba el contacto visual conmigo, quién me miraba con algo que podría ser curiosidad. Fue durante esas dos horas que noté a la mujer. Tendría unos cincuenta años, cabello gris recogido con una precisión que no era vanidad sino costumbre, y una manera de moverse por la biblioteca que sugería que conocía cada libro de cada estante. No era joven, pero tampoco era invisible — tenía esa presencia silenciosa de las personas que han decidido voluntariamente no ocupar espacio y que por eso, paradójicamente, lo llenan todo. Me miraba. No de forma obvia — de manera lateral, como se mira algo que no quieres que sepa que lo estás mirando. Cuando se cruzó conmigo al salir, bajó la vista. —Señora —murmuró, como saludo. —¿Cómo se llama? —pregunté. Se detuvo. Una fracción de segundo demasiado larga. —Carmela —dijo—. Llevo doce años en la casa. —Mucho tiempo. —Sí —respondió, y en esa sola sílaba había algo que no era simple confirmación. Era peso. Historia. El tipo de respuesta que tiene capas—. Mucho tiempo. Se fue antes de que pudiera decir algo más. Gianna bajó el libro y me miró. —¿La conoces? —preguntó. —No —dije—. Pero creo que ella me conoce a mí. Esa tarde, mientras caminaba de regreso al ala principal, me crucé con Dylan en el pasillo. El hombre de Dante me miró con esa frialdad evaluativa que era su expresión por defecto, como si estuviera calculando permanentemente cuánto problema podía representar yo en una escala del uno al diez. —Señora Valenti —dijo, con un respeto fingido. —Lucia —lo corregí. Levantó una ceja. —El jefe preguntó si necesita algo para su habitación —dijo, ignorando la corrección—. Libros, ropa adicional, lo que sea. Lo miré un momento. —Dile que lo que necesito no cabe en una habitación —respondí, y seguí caminando. No supe si Dylan se lo diría a Dante. No supe si me importaba. Lo que sí supe, al llegar a la puerta del dormitorio y encontrar sobre la cama una agenda de cuero n***o con mis iniciales grabadas — L.C. — y dentro, con letra precisa y sin firma, un horario semanal que incluía acceso a los jardines, a la biblioteca y a las clases de Gianna, fue esto: Dante Moretti me estaba dando estructura. Y la estructura, en una jaula, era la forma más sofisticada de cadena que existía. Cerré la agenda. Y entonces, en el fondo de mi mente, una pregunta que no había pedido permiso para instalarse se acomodó con una comodidad que me inquietó: ¿Desde cuándo sabía él que mis iniciales eran L. C. — Clifford — y no L.V. como me llamaban antes de casarme? ¿Desde cuándo me conocía Dante Moretti?
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