Capítulo 2: El Contrato del Diablo (Parte 1)

685 Words
Dante Moretti no miraba a las personas; las atravesaba. Sus ojos negros, como dos abismos sin fondo, diseccionaban el alma de Alex Valenti hasta dejarla en carne viva. —Yo... yo se las entregaré. No se preocupe —balbuceó Alex, rompiendo el silencio del callejón—. Estarán con usted esta noche. Se lo prometo. —No —la voz de Dante cortó el aire como una cuchilla de afeitar. Dante se ajustó los puños de su traje de marca, impecable a pesar de la violencia de hace unos minutos. El contraste era letal: el CEO poderoso frente al despojo humano. —Te diré exactamente qué va a suceder ahora —sentenció Dante. Se giró hacia su mano derecha—. Dylan. Llévatelo. Que el equipo legal prepare un contrato de propiedad inmediata. No me importa qué leyes tengan que retorcer o qué vacíos deban usar. Si para dentro de dos horas no tengo ese documento firmado, despídelos a todos y trae a otros que sí sepan cómo servir a un Moretti. ¿Entendido? —Entendido, jefe. Todo está claro —respondió Dylan con una sonrisa gélida. Dylan caminó hacia Alex con una pesadez intimidante. Antes de que el hombre pudiera reaccionar, el sonido seco de una bofetada resonó en las paredes de ladrillo. ¡PLAP! Alex cayó de rodillas, sujetándose la mejilla ardiente. —Ni se te ocurra una jugarreta, Valenti —gruñó Dylan—. Ahora estás conociendo mi lado suave... y créeme, no tienes la fuerza suficiente para sobrevivir a mi lado malo. —S-si... lo entiendo —murmuró Alex con los ojos anegados en lágrimas de cobardía. —Jefe, ¿nos acompañará? —preguntó Dylan, volviéndose hacia Dante. —No. Tengo asuntos más importantes que atender —respondió Dante mientras se sacudía una mota de polvo inexistente de su abrigo de corte italiano—. Asegúrate de que esta basura no escape. Es capaz de vender a su madre dos veces con tal de salvarse el pellejo. Dante caminó hacia su Lamborghini n***o mate. El auto brillaba con un lujo que una persona normal no vería ni en cien vidas; un depredador de metal con ventanas polarizadas y rines de fibra de carbono. El motor rugió, un trueno que hizo vibrar el pavimento, y desapareció en la oscuridad de la ciudad como un fantasma de alto estatus. Dylan tomó a Alex por el brazo, apretando hasta que los huesos crujieron. —Vamos. Muévete. Lo empujó dentro de un segundo vehículo, un sedán blindado donde dos hombres de hombros anchos y rostros de piedra ya los esperaban. Alex se hundió en el asiento, temblando. —¿N-no tengo que decirles dónde vivo? —preguntó, esperando un milagro. —No es necesario —respondió Dylan, arrancando el coche sin mirarlo—. Sabemos hasta lo que desayunas, Valenti. El trayecto fue un funeral en vida para Alex. Cuando el coche se detuvo frente a su modesta casa, Dylan lo bajó de un empujón. —Toca la puerta. Alex se quedó paralizado. Sabía que al cruzar ese umbral, su vida como padre y esposo terminaba para siempre. Había vendido a Gianna, y ahora, el monstruo de Moretti reclamaba también a Lucia. Sintió algo frío y metálico presionando su columna vertebral: la punta del arma de Dylan, oculta bajo su abrigo. —No te vas a echar atrás ahora, ¿verdad? —susurró Dylan al oído—. Eres un cobarde, un adicto al juego y un acosador de menores. Entregarle tu familia al Jefe es lo único útil que habrás hecho en tu miserable vida. Los ojos de Alex se abrieron por el terror. El secreto que creía enterrado estaba en manos de la mafia. Toc, toc. La puerta se abrió. Lucia apareció tras el umbral. Tenía 34 años, una belleza madura y elegante, con ojos dulces que alguna vez estuvieron llenos de amor, pero que ahora solo reflejaban una valentía cansada. —Ho... hola, amor —tartamudeó Alex. Lucia no respondió con palabras. Lo miró fijamente, con una frialdad que decía que ya sabía que el diablo había venido a cobrar su deuda.
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