- Linda, lo siento - escuché decir a Milena del otro lado de la línea - Papá tenía una reunión en su casa y llegué muy tarde, pero podemos ir por un café luego del trabajo, ¿te parece? Y hablaremos largo y tendido -
- Sí, no te preocupes. Ya te dije que no es importante - respondí sin mucho calor.
- Es la segunda vez que dices que no es importante, así que creo que sí lo es. Bien, no se diga más. Te veo a las cuatro en punto en la entrada -
- Sí, de acuerdo -
Como era lo usual cuando de Milena se trataba, tuve que esperar por ella algo más de media hora. Había recibido un ascenso un par de meses atrás y le era difícil dejar la oficina a la hora en punto.
Al salir del ascensor me hizo un gesto con la mano y sus zapatos de tacón resonaban en el fino piso de cerámica italiana del vestíbulo.
- Ya llamé un taxi - dijo en cuanto llegó a mi lado.
- ¿Taxi? ¿Para qué? -
- Iremos a un lugar nuevo que conocí hace poco - respondió con una gran sonrisa.
Parecía estar de muy buen humor ese día.
- ¿Qué tal estuvo la reunión con tus padres? - pregunté mientras el taxi avanzaba por la avenida.
- ¡Oh! Bien. Ya te contaré - me lanzó una rápida mirada.
La cafetería estaba a unos quince minutos de distancia. Era un lugar amplio, decorado con un estilo muy moderno y minimalista.
No pude dejar de pensar que debía ser carísimo, pero no dije nada.
Algunos clientes nos miraron con curiosidad. Supongo que la elegante figura de mi amiga contrastaba conmigo: yo era más baja, usaba ropa de una o dos tallas más grandes de la que correspondía, usualmente de colores oscuros y aquel día ni siquiera me había preocupado por maquillarme.
- Listo. Soy toda oídos - dijo luego que ordenamos.
Le conté rápidamente lo que había sucedido. A medida que avanzaba la veía sonreír y su sonrisa se hacía cada vez más grande y no entendí que le divertía tanto.
Apartó un momento la mirada para agradecer al camarero que dejaba las bebidas frente a nosotras y luego ella dijo: - Bien, linda, ahora dime cuál es el problema -
- Yo no diría que es un problema, Milena, pero tengo apenas unas semanas para conseguir un lugar donde vivir, digo, solo para empezar -
Ella golpeó la mesa rítmicamente mientras dejaba escapar una risa.
- ¿Qué te divierte tanto? - pregunté exasperada.
- Amelia Cepeda - dijo mirándome fijamente - Tus palabras me hacen muy feliz - y sorbió su café lleno de espuma - porque tengo la solución perfecta -
- ¡Ah! ¿Sí? -
- ¡Por supuesto! - sacudió su oscura cabellera con un gesto de niña traviesa - Es más, tengo la solución para todos tus problemas. Ahora, dime… ¿quieres la buena noticia o la excelente noticia primero? -
- ¡Oh, vaya! ¿Elegir entre bueno y excelente? Me la pones difícil, Milena -
- Bien, la verdad no sé cuál es la buena y cuál es la excelente, así que vamos con la noticia uno - hizo una pausa algo teatral - En cuanto a dónde vas a vivir, te mudas conmigo. Asunto resuelto. Noticia número dos: la secretaria del Departamento Legal renunció. Aparentemente recibió una mejor oferta en otra empresa y solo permanecerá las semanas de preaviso -
Supongo que la expresión de mi rostro era muy graciosa, porque ella tuvo que hacer una pausa.
- Le hablé al señor Torres y creo que te va a dar el puesto -
- Milena… ¿de qué estás hablando? - apenas podía pronunciar palabra.
- Le aseguré que eres perfecta para ese puesto: muy discreta, seria, eficiente, ordenada… Y aunque solo llevaste el primera año de Derecho, sabes más que cualquiera de sus pasantes. El señor Torres ya había escuchado de ti, aunque no quiso admitirlo. Me dijo que lo pensaría, pero estoy absolutamente segura que el puesto será tuyo -
Estaba estupefacta.
- Oye - agregó Milena - No es un gran aumento, no es una cifra astronómica, pero te caerá bien algo de dinero extra, ¿no? Tal vez ahora que no tienes que preocuparte de mantener a tu familia, podrás considerar volver a la universidad -
Sentí que mis ojos se nublaban.
- ¡Linda! ¿Qué sucede? Creí que esto te haría feliz -
- Sí, mucho - murmuré secándome una lágrima - Es demasiado bueno para ser cierto -
- No dirás eso cuando te despierte los domingos en la mañana con el radio a todo volumen -
Sonreí.
- ¿Estás segura de que quieres que me mude contigo? -
- ¡Amelia! Te lo advierto - sacudió el dedo con falso enojo - Ni te atrevas a pensar que puedes negarte. Te retiro la palabra de por vida -
Tomé su mano y la estreché.
- Gracias… Te lo agradezco de todo corazón, Milena. Por todo -
- ¡Oh, linda! Eres mi mejor amiga. Lo que sea por ti -
- Ahora - dije luego de saborear el pastel de chocolate que había ordenado - ¿Pasó algo especial ayer? Creo que tú también tienes algo que contar -
Una sonrisa traviesa asomó en su rostro y asintió.
- Conocí a alguien -
- ¡Oh, vaya! - aguardé que continuara.
- Papá invitó a algunos amigos y socios de negocios de la empresa. No me entusiasman ese tipo de reuniones, pero mamá me hizo prometer que iría… En fin, voy al punto: se llama Fernando de la Cruz, tiene una empresa de transporte - exhaló un suspiro - No es guapo, guapo - me miró un momento - pero tiene algo… No lo sé. Conversamos un rato… - se encogió de hombros - Es muy agradable -
- ¿Y cuándo volverás a verlo? -
- Hoy - respondió con un susurro.
¡Vaya! Realmente este hombre le había interesado. Milena estaba acostumbrada a las atenciones masculinas y desechaba pretendientes con bastante frecuencia, pero esta vez parecía diferente.
Su teléfono sonó y sus ojos se iluminaron mientras leía el mensaje.
- Si tienes que irte… - murmuré.
- No, no. Aún es temprano. Nos veremos hasta las ocho - respondió rápidamente - Mejor volvamos a los detalles de tu mudanza, ¿de acuerdo? –