Horas más tarde, el avión aterrizó suavemente en la pista del aeropuerto internacional de San Francisco, y Camila sintió cómo su estómago se encogía mientras el capitán anunciaba la llegada y los pasajeros comenzaban a levantarse de sus asientos. Miró por la ventanilla y vio un paisaje completamente distinto al de su Mendoza natal. Los edificios altos en la distancia, enormes aviones y una ciudad que parecía extenderse hasta donde alcanzaba la vista.
— Bueno, aquí estamos— dijo su madre con una sonrisa nerviosa.
— Bienvenida a nuestra nueva casa, Cami—agregó su padre, dándole una palmadita en la espalda.
Ella forzó una sonrisa. Aunque trataba de ser positiva, no podía evitar sentir un vacío en el pecho. Esto era real. Estaban en Estados Unidos.
Bajaron del avión y, tras un largo proceso en inmigración, recogieron sus maletas y salieron al área de transporte. Un coche n***o los esperaba para llevarlos a su nueva casa, una residencia que la empresa de su padre les había proporcionado.
El trayecto se le hizo eterno. Camila miraba por la ventana las calles anchas, los carteles en inglés y la gente hablando en un idioma que aún le resultaba ajeno.
—Todo es tan… diferente— murmuró, mientras veía las flores en los árboles, aquí era primavera.
—Te acostumbrarás, hija— le dijo su madre con dulzura.
Cuando llegaron a la casa, Camila se sorprendió al ver el lugar donde vivirían. No era como su hogar en Argentina, pero tenía su encanto. Una construcción de dos plantas con un pequeño jardín delantero y un porche de madera. Su padre sacó las llaves y abrió la puerta, dejando ver un interior espacioso, con muebles nuevos y un diseño moderno.
— El señor Bennett dijo que la empresa se encargó de amueblarla— comentó su padre mientras recorrían la casa.
Camila subió las escaleras y encontró su habitación. Era más grande que la que tenía en Argentina, con una ventana enorme que dejaba entrar la luz del sol.
— Supongo que esto es mi vida a partir de ahora— murmuró, dejándose caer sobre la cama.
Dos días después, el sonido del despertador la sacó de su ensueño. Era su primer día de clases en su nueva escuela.
Se vistió con unos jeans ajustados y una blusa blanca, se recogió el cabello en una coleta y bajó a desayunar.
—¿Lista para tu primer día?— preguntó su madre mientras le servía el desayuno.
—No— respondió sinceramente— Pero... ya que.
Su padre rió.
—Vamos, Cami. No es tan terrible. Vas a ver que pronto vas a hacer nuevos amigos.
Ella bufó, pero tomó su mochila y salió con ellos. La escuela estaba a solo unas calles de la casa, y cuando llegaron, se sintió intimidada por la cantidad de estudiantes caminando en grupos, hablando y riendo.
Respiró hondo y entró.
En la primera clase, se sentó en una de las últimas filas, tratando de pasar desapercibida. Pero no pasó mucho tiempo antes de que alguien se sentara a su lado.
—¿También eres nueva?— preguntó una chica de cabello castaño y ojos oscuros.
Camila la miró sorprendida y asintió.
— Sí.
—¡Qué bien! Yo también, me llamo Lucy Ramírez, soy mexicana.
—Camila. Argentina.
—¡Ay, qué padre!— exclamó Lucy con emoción— Entonces nos vamos a entender perfecto.
Un chico alto y de tez trigueña se sentó frente a ellas y sonrió.
—¿Otra latina en la escuela? Esto cada vez mejora más.
—Cami, él es Michael— dijo Lucy— Es colombiano y lleva aquí dos años.
Michael extendió la mano y Camila se la estrechó con una sonrisa.
—Bienvenida al infierno— bromeó él, ella arqueó una ceja— Bueno, no tanto, pero te acostumbrarás.
Las clases pasaron rápido gracias a la compañía de Lucy y Michael. Camila se sintió más cómoda al saber que no estaba completamente sola en este nuevo mundo.
El primer fin de semana, tal como había prometido, Camila habló con Ema y Aldana por videollamada.
—Cuéntanos TODO— exigió Ema— ¿Cómo es tu barrio? ¿Tu nueva casa? ¿Tienes vecinos guapos?
Camila sonrió con diversión.
—Bueno… la casa es linda, aunque nada que ver con mi casa de alla, a los vecinos no los he visto todavía, ni siquiera sé si tengo vecinos — respondió ella.
—¿Y el colegio? ¿Hay chicos lindos alli?— indagó Aldana.
— El colegio aburrido, y ya hice amigos— dijo Camila— sus nombres son Lucy y Michael, ella es mexicana y el colombiano.
—¿Y qué tal Michael?— preguntó Aldana con tono sugerente.
Camila rió.
—Definitivamente es del tipo de Ema. Moreno, alto, ojos verdes y una sonrisa encantadora.
Ema se tapó la cara con las manos.
—¡No me digas eso! Ahora NECESITO verlo.
—Te prometo que le tomaré una foto— dijo Camila, divertida.
Con el tiempo, se fue adaptando. Los días se volvieron rutina, las clases transcurrían sin problemas y sus amigos la ayudaban a mejorar su inglés. Y, antes de darse cuenta, llegó el día de su graduación.
El auditorio de la escuela estaba decorado con globos y guirnaldas. Camila se puso la toga y el birrete, sintiendo una mezcla de emociones.
Cuando su nombre fue llamado, caminó por el escenario con orgullo y tomó su diploma. Al final de la ceremonia, Lucy y Michael la abrazaron.
—¡Lo logramos, Cami!— dijo Lucy con una sonrisa— Ahora vamos por la universidad, amiga.
Y así, el siguiente paso en su vida comenzó.
Meses después, Camila ingresó a la Universidad para estudiar Diseño Gráfico. El campus era enorme, lleno de edificios modernos y estudiantes de todas partes. Lucy y Michael también asistían allí, aunque cursaban otras carreras un por suerte algunos días sus clases u horarios coincidían.
El primer día, mientras caminaba por el pasillo buscando su salón, chocó con alguien.
—Lo siento— dijo en inglés, sin levantar la vista.
—No hay problema— respondió una voz profunda.
Camila alzó la mirada y su corazón dio un vuelco.
Frente a ella estaba el chico más guapo que había visto en su vida. Alto, de complexión atlética, con el cabello cenizo perfectamente peinado hacia la derecha y unos ojos azules tan intensos que parecían atravesarla.
—¿Estás bien?— preguntó él con una sonrisa que podía derretir los polos.
Ella asintió, sintiendo su rostro arder.
—Sí… eh… gracias.
Él sonrió de lado y extendió la mano.
—Soy Ethan.
Camila estrechó su mano con nerviosismo.
—Camila, Camila Méndez.
Ethan la miró con interés.
—¿Eres nueva?
—Sí, acabo de empezar.
—Bueno, bienvenida. Si necesitas ayuda con algo, solo dime.
Le guiñó un ojo antes de seguir su camino, dejándola ahí, con el corazón latiendo a mil por hora.
En ese momento, supo que su vida estaba a punto de dar otro giro inesperado.