El humo era denso y me impedía respirar, pero no era el humo lo que causaba aquel pesar en mi garganta sino el miedo que me consumía. Aquella hermosa mansión digna de la admiración de cualquiera estaba derrumbándose en cenizas y todo gracias a que aquellas personas que recitaban extrañas palabras provocando que las llamas se avivaran. Los exterminadores habían invadido la mansión. —¿Dónde está Vladimir? —Me había resultado extraño que el conde se encontrar ausente ante tales circunstancias. —Enfócate en seguir con vida —reprochó Miranda. —Sal por la puerta que conduce a los establos, Rogger te llevará a un lugar seguro —ordenó mientras Miranda se preparaba para enfrentar a dos exterminadores. Sus colmillos y sus ropas se tiñeron del rojo de la sangre mientras su mirada se tornaba oscura

