La espesa bruma nos envolvía y con ella, el frío viento matutino nos anunciaba que era hora de la despedida. Mis cabellos danzaban sobre mi rostro mientras ambos nos mirábamos con intensidad; no había separado mis ojos de Sebastian un solo instante, no quería dejarlo solo después de todo lo que estaba pasando – simplemente no quería abandonarlo – con delicadeza, sus fuertes manos acunaron mi rostro; su piel era fría. Pero no gracias a la fresca mañana otoñal, sino a su naturaleza y una vez más me veía envuelta en aquellos perturbadores sentimientos, al recordar que no estaba enamorada de un hombre común. —Debes marcharte mi bella dama —susurró muy cerca de mis labios. —Ya casi amanece. —Pero... —Uno de sus dedos se posó sobre mis labios haciéndome callar. —Quiero que tengas esto. —Sebas

