Levka se frotó la barba con un gesto cargado de impaciencia mientras el vehículo avanzaba por las calles de Moscú. En su mente se repetía, como una grabación que se negaba a borrarse, la postura de Miranda justo antes de cerrarle la puerta del baño en la cara. Recordaba la caída de los tirantes de su camisón, la seda resbalando por sus hombros y ese brillo seductor que había destellado en sus ojos azules, esos malditos ojos azules que lucian como dos piedras preciosas, destellando una ingenuidad que ella realmente no portaba. Reconocía que le gustaba, que había una atracción primitiva que había despertado desde ese primer beso, pero Miranda era una constante tormenta en su vida desde que apareció y no estaba dispuesto a tolerar su insolencia ni un segundo más. Ambos habían disfrutado de da

