Maksim subió las escaleras, sus paso siendo pesados a causa del cansancio de las balas y el asfalto pegado a los huesos. Al entrar en la habitación designada, notó de inmediato que el servicio de los Ivanov seguía siendo impecable; una sirvienta ya había dejado todas sus pertenencias ordenadas en el armario y los cajones. Esa no era la primera vez que visitaba la mansión, pues conocía cada rincón de aquel refugio de acero y mármol desde hacía años, pero esta vez el aire se sentía distinto. Había una mujer en ella. Eso era nuevo y profundamente extraño. Levka no era un hombre que metiera mujerzuelas a su casa, ni consideraba que su residencia fuera territorio para que sus amantes pasaran la noche; ni siquiera la misma Darya Antonova había cruzado jamás el umbral de ese santuario privado. La

