—No parece que hayas tenido una buena noche —comentó Miranda mientras observaba a Anika a través del vapor de su taza de té. Estaban sentadas en la terraza de la habitación de Miranda, un espacio que bajo su mando se había transformado en un pequeño edén privado. Las plantas que había exigido rodeaban el lugar, creando una barrera de frescura contra el aire gris de Moscú. Anika tenía las ojeras ligeramente marcadas, delatando que no había pegado el ojo desde que supo que su verdugo, Artem Bondar, había cruzado el umbral de esa casa. Al igual que Miranda la noche anterior, a la joven le comían las ansias por saber exactamente a qué había ido ese hombre, si su presencia era una casualidad del destino o una cacería dirigida hacia ella. —Me quedé leyendo hasta tarde y me costó conciliar el

