Esa naturalidad con la que Miranda observaba la casa, admirando la arquitectura y los detalles decorativos, comenzó a irritar a Levka. La atención que ella le prestaba al entorno y la forma en que respondía a los comentarios de Román sobre la historia de la propiedad le resultaron excesivas, aunque el hombre no estaba siendo irrespetuoso ni presuntuoso, simplemente era amable. Levka la tomó de la mano alejándola del Ataman, con una firmeza que la sorprendió, llevándola casi a rastras hasta la sala principal donde Román les ofreció una copa. Fue ahí que Miranda se detuvo frente a una planta de hojas oscuras y formas caprichosas que descansaba en un rincón. Reconocería esa forma en cualquier lugar: el tallo firme, las flores cerradas en esa silueta casi perfecta, de un azul profundo que

