Levka se separó apenas unos centímetros para observar cómo los pechos de Miranda subían y bajaban con una violencia que delataba el rastro del orgasmo que acababa de sacudirla. La luz de la luna bañaba su piel, que ya comenzaba a perlarse de un sudor fino y brillante, dándole un aspecto de porcelana mojada. Él no tenía suficiente; la rabia que sentía por el atentado en la fiesta y la posesividad enfermiza que le provocaba verla rodeada de otros hombres solo podía canalizarse de una forma. La rodeó con sus brazos, apretándola contra el vello de su pecho, sintiendo cómo el corazón de ella martilleaba contra sus costillas. —¿Qué tal está tu pierna? —preguntó Levka con una voz que arrastraba las palabras, cargada de una ronquera peligrosa. Miranda parpadeó, tratando de enfocar la mirada az

