Miranda regresó a la mesa con una chispa de victoria bailando en sus ojos azules, sentándose frente a un Levka que todavía seguía pegado al teléfono. Él terminó la conversación con un asentimiento seco, se despidió de su padre y dejó el dispositivo sobre la mesa antes de clavar su mirada en ella, analizando ese rastro de suficiencia que Miranda no se molestaba en ocultar. —¿Terminaste? —preguntó Levka con una voz que arrastraba la impaciencia de quien tiene asuntos mucho más urgentes que atender. —Sí, acabé —respondió ella con una calma que contrastaba con la tormenta que acababa de desatar en el baño. Levka pidió la cuenta de inmediato, pagó sin mirar el monto y se puso de pie, ajustándose la chaqueta. Le dijo que se iban en ese mismo instante; la llevaría con su madre como ella hab

