... El sonido del motor del auto de Levka regresando a la mansión fue la chispa que terminó de encender la furia de Miranda. No había podido pegar el ojo en toda la noche, sintiéndose vulnerable y expuesta en una habitación que ahora era poco más que un escaparate hacia el pasillo. Llevaba puesto un camisón largo de seda en un tono rosa claro que se adhería a su cuerpo con cada movimiento, una prenda que en cualquier otro contexto resultaría delicada, pero que ahora solo enfatizaba su fragilidad frente a la falta de privacidad. Maldijo en voz baja una y otra vez, apretando los dientes hasta que le dolió la mandíbula. Tras unos minutos de intentar mermar su rabia, tomó su bastón y, con una determinación ciega, se dirigió hacia la habitación de Levka. No llamó a la puerta; simplemente entr

