—Gina —llamó Levka, y la ama de llaves apareció de inmediato con la cabeza baja. —Dígame, señor —respondió la mujer con voz queda. —Estaré fuera unos días —sentenció él mientras terminaba su café—. Asegúrense de alimentar a Zar. No me importa si les arranca la mano en el intento, denle de comer a mi perro. La mujer asintió, pero mantuvo una pequeña sonrisa que desconcertó al Pakhan. —Zar se ha estado alimentando muy bien, señor. La señorita Miranda se ha estado encargando de él —explicó ella. Todos en el servicio evitaban usar el apellido de la joven, pues se consideraba indigno que una ilegítima lo portara, así que se limitaban a llamarla por su nombre. Levka frunció el ceño, deteniendo su taza a medio camino. ¿Miranda alimentando a su bestia? ¿Desde cuándo ella tenía ese nivel

