Tenía sus sentidos siempre alerta, podía sacar su glock y meter una bala en la cabeza de sus enemigos antes de que siquiera tuvieran tiempo de atacarlo, tal como hizo el cementerio, haciendo que la sangre del primer tirador salpicara el suelo antes de que este pudiera siquiera apretar el gatillo contra ella. —Pensé que te haría falta —dijo Miranda, extendiendo el mate con una sonrisa suave. Denis le devolvió la sonrisa, una que rara vez mostraba a otros. Recibir el recipiente de madera era recibir un pedazo de la intimidad que habían compartido en Suzdal. Cuando sus dedos rozaron los de ella al tomar el mate, Miranda sintió una descarga eléctrica que le recordó los latidos que cargaba desde los dieciséis años. En aquel entonces, dejó de ver a Denis solo como el guardaespaldas leal de s

