—Dulce —gruñó él entre sus piernas. Su coño era una delicia, rosado y estrecho. Levka siempre había preferido a las mujeres con experiencia porque eran más directas y no le hacían perder el tiempo con rodeos, pero saborear a Miranda era un deleite que no esperaba. Quizá era el morbo de saber que estaba profanando a la hija de Randall, a esa mujer con aires de princesa que siempre le devolvía el desprecio en la mirada. Verla ahora, gimiendo placenteramente bajo los efectos de su lengua y entregada al placer que él le proporcionaba, le daba una satisfacción que iba mucho más allá de lo físico. Miranda seguía aferrada a las sábanas, con las piernas a cada lado de Levka, la cabeza echada hacia adelante y el cuerpo vibrando ante cada movimiento de su lengua. El hombre no parecía tener ningun

