—Carajo, Mílaya (lindura)... estás llena de sorpresas —gruñó Levka antes de comenzar a moverse. Miranda se aferró a su ancha espalda mientras sentía las embestidas, que pronto dejaron de doler para convertirse en un vaivén completamente placentero. Levka volvió a gruñir ante la forma candente en que ella lo apretaba; era un delirio físico que lo estaba volviendo loco. Tomó sus pechos con ambas manos, succionando uno de ellos mientras su lengua envolvía el pezón con fervor. Besó la línea entre ambos y amasó el otro, sintiendo cómo su propia excitación aumentaba al verlos moverse con cada embestida potente y ruda. Miranda detestó reconocer que él era demasiado bueno en lo que hacía. Le gustaba la sensación de ser dominada por esos brazos grandes y fuertes. Recorrió con su mano delicada

