Levka la tumbó una vez más sobre el colchón con un movimiento brusco, atrapando sus piernas sobre sus hombros. Apretó sus dedos en la carne de sus muslos, dejando marcas que seguramente mañana serían moratones, y la embistió una vez tras otra con una potencia que hacía crujir la estructura de la cama. Levka observó con atención esa marca que tenía en el muslo, la cicatriz que esa lava había dejado cuando era pequeña. Una puta marca en forma de corazón que cruelmente le resultó sensual. —Hazlo otra vez —dijo Miranda, con la voz rota y los ojos fijos en los de él, sin percatarse de la atención que había puesto sobre su pierna. Levka respondió embistiéndola con todavía más fuerza, perdiendo cualquier rastro de control que le quedaba. Se movía con una rabia ciega, buscando el fondo de el

