No era una mártir ni pensaba castigarse por las reacciones de su propio cuerpo; era perfectamente consciente de lo que hizo, de cómo se arqueó bajo él y de cómo sus propios gemidos llenaron el vacío de la estancia. No esperaba un beso en los labios por la mañana, ni palabras de afecto que ambos sabían falsas. Ni siquiera esperaba que sus asperezas mermaran por arte de magia porque ese no era un maldito cuento de hadas. Se levantó del tocador con el mentón en alto, apoyando su peso con elegancia y firmeza. No dijo una sola palabra cuando la mucama entró a la habitación para realizar la limpieza y vio el rastro de sangre al retirar las sábanas del colchón. Miranda sostuvo la mirada de la mujer con una frialdad que la hizo retroceder. Ese rastro era aquello que le recordaba que estaba hecho

