—¿Estás tan segura? —preguntó él, bajando la voz, acercando los labios peligrosamente a los de ella, para luego separarse, porque orgulloso era. Miranda elevó una ceja y, con un movimiento firme, le arrebató el bastón desgastado, recargándolo en el suelo para ganar estabilidad. Si quería que una mujer se arrastrara ante él por sexo, ya tenía a su sobrina. Con ella no ocurriría lo mismo. —Quiero un bastón nuevo —dictaminó, cambiando el rumbo de la charla—. Me niego a que me vean con este —dijo ella, dirigiendo una mirada de asco a la madera dañada por Zar. —Ahora sí me permites, voy a ducharme—caminó hacia el baño y, justo antes de entrar, se detuvo. Giró levemente la cabeza, bajó los tirantes de su camisón dejando ver la seda resbalar por sus hombros y elevó la mirada hacia Levka,

