Levka levantó la vista y vio sus ojos furiosos; esos diamantes azules demostraban placer, pero también ese eterno odio que no se disipaba con una buena lamida ni con todos los orgasmos que pudiera brindarle. Eso le encantaba. Se levantó y se quitó la ropa con movimientos lentos, desnudándose una vez más para ella y dejándole ver ese cuerpo que era un puto pecado de cicatrices y músculos definidos. Magreó su propia v***a frente a ella, una imagen exquisita y bruta que hizo que el vientre de Miranda diera un vuelco. —¿Qué? ¿Vas a implorar que me vaya? —soltó él, y sus ojos demostraron que esperaba precisamente eso, que ella gritara que se apartara para él poder tomarla con más fuerza, porque sabía bien que su cuerpo respondía contradiciendo a sus palabras de rechazo. Pero en cambio, Mir

