—¿Puedo pasar? —preguntó una voz desde el pasillo. Miranda autorizó la entrada de la mujer, quien llevaba una bandeja con el desayuno. La empleada le explicó con amabilidad que pensó que no tendría ánimos de bajar al comedor y se tomó el atrevimiento de subirle la comida, que a esas alturas ya era casi un almuerzo. Miranda agradeció el gesto con un movimiento de cabeza, manteniendo la dignidad a pesar de estar envuelta solo en una bata. —Consígueme una píldora de emergencia —ordenó antes de que la mujer se marchara—. No puedo dejar pasar más tiempo —dijo en voz baja para si misma. La empleada asintió, pero antes de que saliera, Miranda la detuvo una vez más con una pregunta que le rondaba la cabeza. —¿Dónde está Maksim? —cuestionó, deseando saber si el hombre aún habitaba la casa.

