Durante la semana siguiente, Miranda y Levka apenas intercambiaron miradas, y mucho menos charlas. La última vez que se dirigieron más de cinco palabras fue cuando abordaron el tema de las propiedades que su padre había dejado tras su muerte. Para sorpresa de Miranda, Levka no hizo ningún movimiento para poner los bienes a su nombre; ella había creído que el hombre sería tan desgraciado como para ponerle una pistola en la cabeza y obligarla a cederlo todo. En cambio, se limitó a hacer una lista de las propiedades y todo pasó legalmente a nombre de Miranda. Fue un gesto que la descolocó, pero no bajó la guardia. Llegó el viernes. Ambos estaban cenando en un silencio que Miranda disfrutaba particularmente, pues le encantaba arruinarle el apetito a Levka con su sola presencia. El tintineo

