—Lo sé bien —dijo ella, clavando sus ojos azules en los suyos. Levka sonrió con todo el cinismo del que era capaz y, con un movimiento rápido de sus manos, dejó caer la toalla que era lo único que lo cubría. Se quedó desnudo frente a ella, imponente y oscuro. —Más te vale que así sea —sentenció con la voz ronca. Atrapó sus labios en un beso intenso y demandante. Su mano se hundió en la nuca de Miranda, tirando un poco de su cabello para impedirle apartarse, obligándola a recibir la furia de su boca. La respiración de ella se aceleró de inmediato, sus manos subieron hasta el rostro de él, aferrándose como si temiera caerse. El beso salió urgente, cargado de una necesidad que ambos habían intentado ignorar durante los últimos días; era como si esa semana sus bocas se hubiesen extrañad

