Levka cruzó el umbral de su mansión y se detuvo en seco, dejando que sus ojos recorrieran el espacio que solía ser su refugio de sombras. Los cambios eran inmediatos y punzantes, como pequeñas astillas clavándose bajo su piel. El aire ya no olía solo a su loción y productos de limpieza caros; ahora había un rastro de jazmín y algo dulce que flotaba en el ambiente. Algunos de los sillones de cuero oscuro habían desaparecido, reemplazados por piezas de terciopelo azul profundo y madera clara que, si bien no carecían de elegancia o sobriedad, rompían con la estética severa y casi militar que él mismo había impuesto años atrás. La casa se veía diferente, vibraba con una calidez que le resultó extraña y ofensiva al mismo tiempo. Era como si alguien hubiera intentado domesticar a una bestia pint

