Acortó la distancia entre ellos. Sus botas resonaron con fuerza, contrastando con la suavidad de los movimientos de ella. —No sabía que eras tan tacaño, Levka —replicó Miranda sin dejar de trabajar—. La casa parecía una morgue. Solo le di un poco de dignidad al lugar donde voy a vivir encerrada. Levka se acercó a ella con lentitud, controlando esa furia interna que amenazaba con desatarse. Desde que salió de la casa de su hermano supo que no llegaría precisamente a descansar, porque Miranda siempre encontraba la forma de echarle a perder cada momento de paz con su sola existencia. No le importaba el gasto; Levka jamás fue un hombre que escatimara en lujos y tenía fortuna suficiente para que ella comprara la mitad de Moscú si quisiera, pero esos cambios eran una estupidez porque su casa

