—Empezaremos con un carpaccio de ternera con trufa negra y lascas de oro —explicó el chef, colocando dos platos pequeños frente a ellos. Levka probó una porción pequeña, apenas moviendo los músculos de la cara. Era un hombre de gustos simples, pero entendía la necesidad del espectáculo. Miranda, por su parte, tomó un trozo y, al sentir la explosión de sabores, soltó un gemido quedo pero notable. Fue un sonido involuntario, de puro placer culinario. Levka la miró de inmediato. Escucharla gemir en la cama era satisfactorio, una confirmación de su dominio, pero ese gemido ante algo delicioso y la forma en que sus ojos azules se iluminaron fue un deleite que no esperaba. Verla disfrutar de algo tan mundano con esa intensidad le resultó fascinante. —Parece que te gusta —dijo Levka, observa

