—Pensé que seguirías llorando por el guardia —dijo Levka, rompiendo el silencio con una voz que cortaba el aire. Se alejó del marco de la entrada y comenzó a caminar hacia ella con una lentitud predadora, acortando la distancia hasta que Miranda pudo percibir ese aroma intenso de su colonia, esa colonia deliciosa que ahora venía acompañada por un leve rastro de vodka. Sus movimientos eran fluidos y certeros, sin el menor titubeo, lo que demostraba que no estaba ebrio a pesar de haber pasado por el bar. Miranda se sintió vulnerable, no solo por la presencia abrumadora del ruso, sino por la falta de su bastón; estar de pie frente a él sin su apoyo habitual la hacía sentir pequeña, obligándola a tensar los músculos para mantener el equilibrio. Levka estiró la mano y tomó un mechón de su c

