La vergüenza y la tristeza que Miranda había sentido en la degustación del banquete prevalecieron durante esos últimos días, instalándose en su pecho como un peso frío del que no podía deshacerse. Odiaba sentirse de esa manera, vulnerable ante las lenguas bífidas de la Bratva, y sobre todo detestaba que la hicieran sentir pequeña frente a ese hombre que parecía alimentarse de su rabia y su desdén. Sin embargo, cuando los labios de Levka impactaron con los suyos y el sabor a menta de su lengua se instaló en su boca, todo aquel ruido mental se borró de golpe. Ese beso cargaba con el odio de verse forzados a un matrimonio oficial, pero también con un deseo insano que los dos sabían despertar en el otro con una facilidad alarmante. Aunque hubiesen querido negarlo ante el altar, ambos disfrutar

