Levka regresó a la mansión antes de lo previsto, con el mal humor todavía bullendo bajo su piel tras la charla con Maksim. Se detuvo en seco al entrar al jardín y soltó un suspiro resignado al ver la escena: Zar, su Cane Corso blanco de casi setenta kilos, estaba echado cuan largo era sobre el césped, con una comodidad exasperante, esperando pacientemente a que Miranda terminara lo que estaba haciendo. La imagen era inverosímil; ese perro era una bestia entrenada para matar, un animal que había arrancado brazos de guardias por el simple hecho de invadir su espacio vital y al que incluso sus propios padres preferían no acariciar por precaución. Zar solo respondía a Levka, pero ahí estaba, rindiendo pleitesía a la mujer del bastón. —¿Qué hace Zar ahí echado en el suelo como si fuera un cac

