Miranda fue llevada de vuelta a su habitación cargando a Umma en un brazo y apoyándose con firmeza en su bastón con el otro. Los vellos de su nuca seguían erizados por el reciente intercambio en el despacho; sin que pudiera evitarlo, cada palabra de Levka aún hacía eco en sus oídos. Detestaba con cada fibra de su ser la idea de que su nombre se ligara al de un Ivanov de ahora en adelante, pero no podía negar que había sentido una satisfacción oscura al ver la ira desenfrenada en el rostro del Pakhan. Haberle restregado en la cara que se convertiría en su esposa, la mujer a la que tendría que proteger por ley, había sido una pequeña victoria personal.
Imbécil.
—¿Cómo llegaste aquí? —le preguntó a la gata en un susurro, mientras cerraba la puerta de la habitación. Se suponía que Umma debía estar con Denis, a salvo de la gente que habitaban esa casa. Obviamente, el animal se había escapado de las manos del guardaespaldas para buscarla, demostrando una lealtad que superaba cualquier orden. La gata maulló en respuesta, saltó a la cama con elegancia y estiró su cuerpo, enterrando las uñas en el edredón con ese gesto perezoso de los felinos cuando finalmente se sienten cómodos. Al verla, Miranda pensó de inmediato en Denis. El hombre seguramente estaría preocupado, contando los minutos para su ejecución sin recibir ninguna noticia. Tenía que hablar con él y contarle lo ocurrido.
Miranda llamó a una de las empleadas que rondaban el pasillo. Se trataba de una joven llamada Lirio, de rostro noble y mejillas rosadas que denotaban una timidez poco común en ese lugar. Cuando Miranda le preguntó por el hombre de cabello largo que había llegado con ella, Lirio se sonrojó ligeramente antes de indicarle su paradero. Denis se estaba quedando en la casa de empleados en la parte trasera de la propiedad.
Por órdenes directas de Aleksei, un par de escoltas la guiaron a través de los jardines hasta el lugar. No era seguro que ella anduviera sola, así fuera dentro de su misma casa.
Denis se encontraba en una habitación, caminando de un lado a otro como un animal enjaulado. Estaba tan consumido por la preocupación que ni siquiera recordaba cuántas vueltas había dado a ese cuarto; sin importar cuántas veces había preguntado por Miranda, nadie le había dado una razón clara. Únicamente le decían que esperara, y el guardaespaldas ya no tenía paciencia ni cordura. Cuando escuchó que lo llamaban por su nombre, se detuvo en seco y se giró, sorprendido al ver a Miranda en el umbral. Por instinto, o quizá fue el alivio de verla respirar, caminó hacia ella y la estrechó en un abrazo fuerte. Miranda no se apartó; al contrario, hundió el rostro en su pecho, dándose cuenta en ese momento de cuánto había necesitado sentir un contacto que no fuera hostil con ella.
—Pensé que tú... —empezó a decir Denis con la voz ronca, sin ser capaz de completar la frase que tanto temía.
—¿Que estaba muerta? —completó ella por él, sintiendo cómo asentía contra su cabello. Miranda se separó un poco para mirarlo a los ojos, notando el cansancio y el dolor en su mirada, Denis siempre parecía un hombre fuerte, uno que solo era dulce con ella—. Parece que los planes cambiaron, Denis. Al parecer, Aleksei Ivanov le hizo una promesa a mi padre antes de que partiera. Va a dejarme con vida, pero para que eso sea posible, tengo que casarme con su hijo. Ya no pueden matarme; me casaré con Levka Ivanov —soltó, con un dejo de amargura.
Denis frunció el ceño, soltándola lentamente mientras trataba de procesar lo que acababa de escuchar. La noticia no parecía hacerlo feliz; por el contrario, su rostro se ensombreció al imaginar lo que significaría para ella estar atada al hombre que regía la Bratva. Miranda, tratando de aligerar el ambiente a pesar de su propia incomodidad por algo que ya era un hecho, intentó esbozar una pequeña sonrisa.
—Pensé que deseabas verme con vida.
Denis negó con la cabeza y sonrió de lado. Por supuesto que deseaba verla con vida, deseaba borrar esa tristeza que constantemente se mostraba en sus ojos, pese a que ella siempre se mostraba fuerte. Quería que viviera más que nada en el mundo, pero que la idea de verla como la esposa de un Ivanov le revolvía las entrañas.
—¿Tú quieres eso, Miranda? —le preguntó con seriedad, buscando una chispa de voluntad propia en sus ojos azules.
—¿Crees que importa lo que yo quiera, Denis? —respondió ella con sinceridad—. Lo único que sé es que no deseo morir. No deseo darle el gusto a ese infeliz de quitarme la vida y ver mi cuerpo en una fosa. Si tengo que usar su apellido para sobrevivir, lo haré. Aunque también he pensado que si este matrimonio resulta más macabro de lo que ya espero que sea. Siempre está la opción de escapar —agregó en un susurro para que nadie más escuchara.
Miranda siempre había sabido que no había forma de huir de la bratva, pero que va, también le habían dicho que moriría una vez que muriera su padre y ahí seguía, respirando el mismo aire que esa jodida gente. Ahora la palabra “escape” no sonaba tan fantasiosa.
Denis no pudo hacer más que aceptarlo, aunque sus hombros seguían tensos. Miranda le acarició la mejilla con suavidad, tratando de transmitirle un poco de la calma que ella misma no sentía. Le pidió que fuera feliz por ella, que pensara en que no moriría y que, a partir de ahora, toda esa gente que la había mirado con asco estaba obligada a respetarla.
Él cerró los ojos un instante ante su caricia. Joder. Eso era algo que Denis sí podía festejar; si había alguien en ese mundo podrido que mereciera el respeto de todos, esa era ella.
—¿Te quedarás conmigo? —le preguntó Miranda, deseando que así fuera, pero sabiendo que no podía obligarlo a seguirla en ese nuevo infierno que le esperaba.
—Estaré donde tú estés —respondió, mostrando una lealtad que no conocía límites.
Miranda le sonrió, sintiendo un peso menos sobre sus hombros. No sabía qué ocurriría ni cómo sería su vida a partir de ese compromiso, pero estaba segura de una cosa: esa boda no sería bienvenida en la Bratva y el camino que les esperaba estaría lleno de espinas.
…
Aleksei entró en el despacho de donde su hijo no había salido todavía. Levka estaba cargando el cartucho de su pistola de forma aparentemente despreocupada, aunque sus ojos no mostraban la misma calma que su cuerpo, era solo una tarea que realizaba para intentar canalizar la furia que todavía le quemaba por dentro. Aleksei se detuvo frente al escritorio y lo observó durante unos segundos, midiendo el nivel de resentimiento que su hijo cargaba antes de lanzarle la pregunta que ambos sabían que era inevitable.
—¿Ya has pensado cómo vas a hacer el anuncio ante el consejo? —preguntó con voz calmada—. Si una boda dentro de la Bratva es siempre un acontecimiento importante, el enlace con una mujer como Miranda atraerá todas las miradas de Rusia.
Levka no levantó la vista de su arma de inmediato. Sabía que el mundo criminal esperaba impaciente la noticia de que la hija de Randall Antonov ya no respiraba, que el cabo suelto finalmente había sido cortado.
Presentarse ante los jefes regionales para notificar que, en lugar de una ejecución, habría una boda, era una tarea que no tenía el más mínimo ánimo de realizar. No habría nadie contento en esa mesa; habría cientos de preguntas que responder y un drama político que orquestar para evitar que la organización se sintiera insultada por la presencia de una ilegítima en el trono. Una idea que él también compartía.
—Ya lo has dicho tú mismo antes —respondió Levka, dejando por fin la pistola sobre la madera—. Diré que la inmensa fortuna de Randall no puede quedar a la deriva ni en manos del Estado. Que su hija es bonita y que yo soy un hombre caprichoso que ha decidido tomarla como esposa para asegurar esos activos. Es todo lo que necesitan saber.
Sus palabras, sin embargo, no resultaron convincentes para Aleksei. El viejo líder negó con la cabeza, sabiendo que la Bratva no aceptaría una excusa tan superficial si no veía una base sólida detrás.
—Debes llevarla contigo y actuar con astucia, Levka —insistió su padre—. La gente debe creer que tus sentimientos por ella son genuinos, que existe un verdadero deseo que justifica este matrimonio. Solo si perciben que estás obsesionado con ella dejarán de cuestionar la alianza y aceptarán que la mantengas con vida bajo tu nombre.
Levka soltó una carcajada cargada de cinismo. Si había un sentimiento intenso que le recorría el cuerpo en ese momento era el deseo, pero el deseo de verla desaparecer. Se giró hacia su padre con los ojos brillando con hostilidad.
—La llevaré conmigo, le daré una habitación en mi casa y tendrá el maldito lugar que debe tener la mujer del líder ante todos los ojos de Moscú —declaró con frialdad—. Pero no esperes ni pretendas que la vea como mi esposa. Tampoco esperes que le prometa una fidelidad que no estoy dispuesto a sostener. Cumpliré con la promesa que le hiciste a su padre, pero nada más.
Aleksei caminó lentamente por el despacho y tomó asiento en una de las butacas de cuero, observando a su hijo con resignación. Conocía demasiado bien la terquedad de su sangre.
—¿Y qué pretendes hacer entonces? —le cuestionó—. ¿Seguirás manteniendo relaciones con tus amantes durante el matrimonio, a la vista de la mujer que pronto llevará tu apellido?
—Le estoy perdonando la vida —espetó Levka sin pestañear—. Que se dé por bien servida con seguir respirando. No le debo nada más.
Aleksei guardó silencio un instante, sopesando si debía tocar el tema que ambos habían estado evitando. Se inclinó un poco hacia adelante, fijando su mirada en la de su hijo.
—¿Pretendes mantener a Darya Antonova como amante aún después de casarte con la mujer que lleva su misma sangre? —soltó con naturalidad—. No es un secreto para mí que te follas a la hija de Dmitry. Y en este momento, ella ya debe estar al tanto de tu boda con Miranda.
Levka elevó el rostro, desafiando a su padre con la mirada, sin mostrar ni un ápice de remordimiento o sorpresa ante la revelación.
—¿Y qué si es así? —respondió con voz cortante—. Estoy cumpliendo lo que le prometiste a Randall. Estoy yendo en contra de todo lo que tú mismo me enseñaste sobre el orden y la pureza de la organización. Acabas de imponerme una maldita esposa que yo no deseaba y que va en contra de mis principios. No pretendas que, además de eso, me convierta en el marido fiel y devoto de una bastarda.
Aleksei comprendió que no podía intervenir más en ese terreno. De momento, el objetivo principal se estaba cumpliendo: Miranda Antonova seguiría con vida y la organización mantendría su estructura gracias a esa unión forzada. Como hombre con la suficiente experiencia, sabía que había cosas que no se podían imponer por la fuerza; los sentimientos y la devoción eran una de ellas. Por otro lado, Miranda, como cualquier otra mujer perteneciente a la oligarquía rusa, cumplía perfectamente como una alianza. Había ventajas económicas y territoriales que la Bratva no podría negar una vez que el matrimonio fuera un hecho, y Aleksei solo esperaba que eso fuera suficiente para evitar una batalla interna.
Levka no esperó a que su padre dijera nada más. Salió del despacho, ignorando la pesadez del ambiente, y llamó a uno de sus subordinados que esperaba en el pasillo principal.
—Dile a mi madre que prepare a la hija de Randall —ordenó con voz grave—. Me la llevo a mi casa ahora mismo.
Miranda no esperaba que la unión con Levka fuera algo sencillo, pero su respiración se cortó cuando Nyx le notificó que desde ese mismo momento comenzaría a vivir en la mansión de su hijo. Fue como una ráfaga de aire helado; no había tenido tiempo de procesar el entierro de su padre cuando ya la estaban empujando hacia un nuevo encierro.
—Pensé que eso sería hasta la boda —dijo Miranda, tratando de mantener la compostura mientras sujetaba con fuerza el mango de su bastón. Nyx negó con la cabeza, manteniendo esa expresión de serenidad que a veces resultaba desesperante.
—Dada la situación, estarás más segura en su casa mientras se lleva a cabo el compromiso —le explicó Nyx—. La gente en Moscú comenzará a hablar y es probable que los más radicales exijan tu cabeza para cumplir con la tradición. Si estás viviendo bajo su techo, será más difícil que alguien se atreva a intentar algo. Estarás bajo su guardia personal.
Miranda no estaba de acuerdo en lo más mínimo, pero sabía que ella no podía hacer nada más que acatar la orden.
¿Cómo carajos se suponía que viviría con él desde ahora?
Sin poder elegir, dejó que los sirvientes llevaran su maleta al auto que aguardaba en la entrada. Tomó a Umma, que parecía percibir la tensión en el ambiente, y la llevó consigo. Al salir, buscó con la mirada a Denis, sintiendo una punzada de alivio cuando Nyx le aclaró que su guardaespaldas ya había sido trasladado a la nueva residencia. Levka la esperaba junto al vehículo, dedicándole una mirada impaciente que le indicaba que no estaba dispuesto a perder un segundo más de su preciado tiempo. Ella subió al auto y él se acomodó a su lado, soltando un resoplido de fastidio al ver a la gata, que se esponjó ligeramente y soltó un bufido al sentir la presencia del hombre.
El trayecto hacia la mansión de Levka transcurrió en silencio. Al llegar, Levka bajó del auto con brusquedad y no esperó a que ella hiciera lo mismo. Simplemente caminó hacia el interior de su propiedad, ignorando la dificultad con la que ella se movía. Al notar que Miranda se demoraba en bajar, se giró apenas unos grados.
—Muévete.
Miranda lo maldijo internamente mientras salía del vehículo con esfuerzo. Una vez adentro, Levka ordenó que llevaran el equipaje de la joven a una de las habitaciones y se detuvo frente a ella, manteniendo una distancia que marcaba el abismo que los separaba. Sus ojos ámbar la recorrieron con una frialdad que pretendía dejarle claro su lugar en esa casa.
—Ambos somos conscientes de que esta unión fue solo una obra caritativa de mi padre —siseó Levka—. Así que no esperes indulgencias, ni una fiesta de bienvenida. Se te asignará una habitación, tendrás comida y techo, pero no mantendrás contacto con nadie hasta el día del compromiso. No es que sea mi invitada.
Miranda le retó con la mirada, molesta. Porque ella no estaba más contenta con el hecho de tener que vivir con él. Sin embargo, no permitió que su orgullo se quebrara.
Que se fuera a la mierda.
—Es perfecto —respondió con un tono gélido—. No esperaba menos de ti.
Levka se largó sin decir una palabra más, azotó la puerta dejándola sola en el inmenso vestíbulo. Un par de sirvientas se acercaron para guiarla hacia su habitación y Miranda soltó un suspiro de cansancio al ver la infinidad de escalones que parecía tener la escalera principal. Comenzó a subir con lentitud, sintiendo el peso de su pierna y el de su soledad. Extrañaba su casa en Suzdal, la calidez que emanaba de sus rincones y, sobre todo, extrañaba a su padre. Tenía sentimientos encontrados; por un lado agradecía que Randall la hubiera mantenido a salvo hasta su último suspiro, y por otro le recriminaba haber encadenado su vida a un hombre que la detestaba. Pero sería fuerte; no le daría el gusto de verla derrotada.
Levka se dirigió a su apartamento privado, una zona alejada de la estructura principal de la mansión donde solía refugiarse cuando quería estar solo o cuando buscaba compañía femenina, ya que su casa para él era algo sagrado, un lugar a donde ninguna mujer entraba. Por supuesto, hasta esa tarde, cuando fue profanada por esa mujer a la que no quería verle la cara.
Se sentó en el sillón de cuero tras servirse un generoso vaso de whisky. Tenía una junta con el consejo la siguiente semana, misma que usaría para anunciar el compromiso, un paso que marcaría el inicio de algo que duraría toda la vida. Bebió un trago largo, sintiendo el fuego del alcohol quemarle, justo cuando la puerta se abrió.
Levka no volteó a ver de quien se trataba, sabía que era la hija de Dmitry.
Como bien dijo su padre, mantenía una relación con ella. Aunque claro, no había promesas ni un compromiso de por medio. Se veían de vez en cuando desde hacia un par de años. Y aunque el hombre tenía otras amantes, ella era la más frecuente. Y dado que sus familias era cercanas, eso la hacía de cierto modo importante.
Dmitry había comunicado a Valentina, su esposa y a sus hijas. Que Miranda se convertiría en la esposa de Levka. Aquella noticia no fue bien recibida por su hija mayor. Que tenía sentimientos por el Pakhan desde hace mucho tiempo.
Llegó ahí como otras tantas veces con la ilusión de encontrarlo, desesperada por sentirlo entre sus piernas después de saber que muy pronto sería de otra, y una vez que lo vio sentado en ese sofá, sin decir más, soltó el cierre de su vestido y dejó que la tela de seda se deslizara por su cuerpo hasta amontonarse en el suelo, revelando una figura esbelta que no ocultaba nada. Levka permaneció en silencio, recostado contra el respaldo del sillón de cuero, dejando que sus ojos recorrieran lentamente cada curva de la mujer, deteniéndose en sus pechos. Eran lindos, de tamaño promedio, siempre había pensado que Darya era una mujer hermosa, de una belleza sofisticada y peligrosa que encajaba perfectamente con su mundo. Se llevó el vaso de whisky a los labios, dando un trago largo mientras sentía el ardor del alcohol quemándole la garganta, un calor que pronto empezó a extenderse hacia otras partes de su cuerpo.
Darya se acercó a él, con la seguridad de sentirse deseada. Sin apartar la vista de sus ojos ámbar, apoyó una rodilla en el sillón, justo entre las piernas de Levka. Él no esperó más; dejó el vaso en la mesa lateral y tiró de ella con fuerza. Darya soltó un pequeño jadeo cuando terminó a horcajadas sobre él, con una rodilla a cada lado de sus muslos, sintiendo de inmediato la firmeza de su cuerpo. La sujetó de la nuca, enredando los dedos en su cabello, y unió sus labios en un beso ferviente, casi violento.
¿Qué más daba?
Darya le gustaba, le resultaba familiar y necesaria en momentos como ese. Necesitaba arrancarse de la boca el sabor amargo que la charla con su padre y el encuentro con Miranda le habían dejado. No le debía fidelidad a una mujer a la que no amaba y a la que había sido orillado a desposar por su padre. Miranda Antonova no era más que una obligación, un trámite que cumpliría, pero no tenía por qué renunciar al placer que encontraba en los brazos de la rubia.
Sus labios se movían con una urgencia eléctrica. Darya sonrió entre el beso al sentir el bulto rígido presionando contra su coño; estaba duro, respondiendo a su cercanía con la intensidad que ella esperaba. Aunque odiaba la idea de que él tuviera que ponerle un anillo a otra, le apremiaba saber que Levka despreciaba ese matrimonio tanto como ella. Miranda no era culpable de su destino, como tampoco lo era de los sentimientos de Darya, pero al final del día eran un par de desconocidas. Y ella no le debía ninguna lealtad de sangre. Miranda podía tener el apellido del Pakhan y tenerlo en su casa, pero ella lo tendría en su cama.