―¿Para qué me traes aquí, a un sitio tan oscuro, que está tan húmedo y huele tan mal? José se esforzaba diciéndole, ―Pero, ¡mira la maravilla que tienes delante de los ojos! ―Mira, vámonos, ¡no me des bromas! ―contestó el otro. Y salieron de la cueva y al salir José miró al ermitaño, y éste le devolvió la mirada, pero nada dijo. Continuaron el camino y llegaron a la casa, pero José ya no sabía cómo mandarle a su casa de vuelta, pues estaba arrepentido de haberlo invitado. Cuando llegó a la hora de la comida como al joven las cosas del campo le resultaban extrañas, y como la forma de cocinar era distinta dijo en voz alta, ―¡Qué asco! Y apartó el plato a un lado, y entonces a José se le ocurrió la solución para su problema, fue y habló con su madre y la dijo, ―Mira que no sé cómo ec

