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Cuando llegó al piso se sintió abrumado. Intentó llamar a Luca. Cuatro veces la operadora lo envió al buzón de llamadas. —¿Tiziano? ¿Eres tú? —su voz suave que inquiría logró quitarle la tensión que se agolpó en su cuerpo. ¿Cómo es que poseía el poder de traer paz? La encontró enfundada en un vestido holgado de tirantes, venía descalza. En su mano derecha traía un tarro de helado, se le pareció a una niña pequeña. Tan dulce y tan provocadora a la vez. —He llegado hace un momento. —No me di cuenta, espero que no te moleste que esté comiéndome este delicioso helado. —¿Por qué lo estaría? —No lo sé, es tuyo. Sonrió en respuesta. Ariadna avanzó hasta sentarse a su lado, le tendió una cuchara con helado. —Abre la boca, Tiziano —susurró y, como si fuera un pequeño obedeció si

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