Alicia me detuvo con un dedo en el aire, como si yo fuera una niña insolente y ella una profesora de yoga zen. —No, no, no. ¡Nada de ir al supermercado, Bianca! Todo en línea. No perdamos el tiempo. Hay Wi-Fi, hay laptop, hay hambre y hay ansias de llenarla. No tengo energías para hacer cola detrás de una señora con seis paquetes de papel higiénico y dos hijos chillando por cereales. Yo solté una risa fuerte, de esas que te sacuden un poco el pecho. —Ay, perra, pero si ir al súper es terapéutico. ¿Qué clase de aislamiento alemán es este? Yo quería sentirme europea empujando un carrito entre pasillos estrechos con música instrumental de fondo. —Mira, europea sí, pero vaga también —me dijo, agarrando una MacBook como quien saca una espada de batalla—. Siéntate y acompáñame. Vamos a llena

