Damián conducía con una mano firme en el volante y la otra peligrosamente cerca de mi muslo. El silencio entre nosotros no era incómodo… era eléctrico. Cargado. Intenso. Sentía el calor en mis mejillas, en mi pecho, en todo mi cuerpo. Lo miré de reojo, y él, sin quitar la vista del camino, dijo con esa voz grave que siempre me desarma: —Desabróchate el pantalón. No hubo lugar a dudas. No hubo espacio para preguntar. Solo obediencia. No porque él me lo ordenara… sino porque lo deseaba. Con una mezcla de nervios y fuego en las venas, mis dedos bajaron el botón, luego el cierre. El aire frío del aire acondicionado me acarició, contrastando con el calor que él me provocaba. —Ahora echa el asiento hacia atrás —agregó, sin mirarme. Obedecí, tragando saliva. Reclinada, me sentía completament

