Una vez que la puerta se cerró, Michelle se giró hacia Sol. El doctor se
retiró a una esquina para darles privacidad.
—Dime la verdad, Sol. ¿Qué pasó en esa casa? ¿Por qué falló todo?
Sol suspiró y se sentó al borde de la cama.
—Hubo un sabotaje masivo, Mich. Alguien bloqueó mi señal desde adentro de la red de la DEA. Y el rifle de Karla... la mira estaba descalibrada. Ella no
falló el tiro por error; alguien tocó esa arma antes de salir.
Michelle cerró los ojos, procesando la información.
—¿Y cómo salí de allí? Lo último que recuerdo es el techo cayendo.
Sol tomó aire, mirando hacia la puerta por donde se había ido Karla.
—Saliste porque Karla se volvió loca, Michelle. Atravesó una pared de fuego
sola, antes de que Janet y Norma pudieran entrar. Se quemó el brazo y el hombro protegiéndote con su propio cuerpo mientras levantaban la viga. Si no fuera por ella, hoy estaríamos organizando tu funeral.
Michelle se quedó completamente inmóvil. Su mirada se desvió hacia la
ventana, donde se reflejaba la luz de las máquinas. Por un momento, su máscara
de hierro se agrietó y sus labios temblaron. Recordó el calor, el olor a humo y, muy vagamente, la sensación de alguien sosteniendo su mano y susurrándole un "te amo" en la oscuridad.
—Se quemó... por mí —susurró Michelle para sí misma, con un sentimiento de
culpa y amor que luchaba por salir a la superficie.
Habían pasado cuatro días desde el ataque. El equipo estaba de vuelta en
"La Colmena", la base tecnológica que Sol había blindado tras el incidente del hospital. El ambiente era eléctrico. Sol no dejaba de monitorear cada paquete de datos que entraba y salía, buscando el rastro del
traidor.
—¡Atención todo el mundo! —gritó Sol, golpeando la mesa para silenciar el
tecleo constante—. Antes de planear cómo vamos a entrar en el nuevo almacén de Jáuregui, hay algo sagrado: este sábado es el cumpleaños de mi pequeña. Y como todas son sus madrinas, no acepto excusas. Especialmente tú, Karla. La
niña no deja de preguntar por su tía favorita que "estaba de viaje".
Karla, que tenía el brazo en cabestrillo y la mirada algo apagada, forzó
una sonrisa.
—Allí estaré, Sol. No me lo perdería por nada.
Michelle entró en la sala en ese momento, con un uniforme táctico
impecable que ocultaba sus vendajes. Se paró en el centro de la sala y
carraspeó.
—Antes de empezar... —dijo Michelle, mirando a un punto fijo en la pared,
evitando por completo la dirección donde estaba Karla—. Quiero agradecer al equipo. El informe del doctor fue claro: si no fuera por su rápida intervención
en la casa, yo no estaría aquí. Gracias por el esfuerzo.
Karla sintió un nudo en el estómago. "Esfuerzo". Michelle ni siquiera la nombró, ni la miró a los ojos, tratándola como si fuera un engranaje más de la máquina. El silencio de Karla fue profundo, mientras se concentraba en apretar un bolígrafo con su mano sana.
De pronto, la puerta de seguridad se deslizó. Era Esteban, tratando
de lucir casual, pero con los ojos escaneando rápidamente las pantallas de Sol.
—Hola, chicas. Me alegra ver que la jefa está de pie. ¿En qué están trabajando? Quizás pueda ayudar con la logística del próximo movimiento...
Norma Jr, que estaba apoyada contra la pared cerca de la entrada, se puso en su camino antes de que diera un paso más. Con su presencia imponente y una mirada gélida, le puso una mano en el pecho.
—Órdenes directas, Esteban —dijo Norma con voz de acero—. Esta área está restringida por protocolo de seguridad de nivel 5. Nadie que no esté en el equipo operativo puede estar aquí.
—Vamos, Norma, soy yo... —intentó decir Esteban con una sonrisa falsa.
—Afuera —sentenció Norma. Lo acompañó hasta el pasillo y cerró la puerta blindada. Se escuchó el sonido de los cerrojos electrónicos activándose. Sol le había dado el control total del acceso.
Janet soltó una carcajada y se estiró en su silla.
—¡Uy! Si esa puerta se cierra más fuerte, le deja la nariz como un acordeón
a nuestro querido Esteban. ¡A trabajar, nenas! Que Jáuregui no se va a entregar
solo mientras nosotras discutimos si los globos de la fiesta son rosas o
amarillos.
Janet se puso seria de golpe y empezó a cargar munición en sus cargadores,
mientras le guiñaba un ojo a Norma al volver.
Mientras el equipo revisaba las cámaras de seguridad del nuevo objetivo,
Michelle se acercó a Sol.
—¿Estará Teylor en la fiesta? —preguntó Michelle en voz baja.
—Claro, ella lo está organizando todo —respondió Sol sin sospechar nada.
Michelle asintió. Necesitaba hablar con Teylor. Sospechaba que la
filtración de información venía de algún lugar que ellas no estaban viendo, y
la fiesta de cumpleaños era el lugar perfecto para observar sin que Esteban o
Jáuregui sospecharan.
...
La casa de Sol y Teylor estaba
decorada con guirnaldas de colores y globos. El sonido de las risas de los
niños y la música infantil creaba un contraste extraño con la tensión que el
grupo cargaba. Todas intentaban parecer "normales", pero sus ojos
siempre escaneaban las entradas.
Karla se alejó de la bulla, buscando un poco de aire fresco. Se sentó en un
banco de madera en un rincón apartado del jardín, acariciando distraídamente el
vendaje de su brazo quemado. La luz del atardecer le daba un aire melancólico.
Sintió unos pasos y, antes de girarse, el aroma de un perfume conocido le
indicó quién era. Michelle se sentó al otro extremo del banco, guardando
una distancia prudente.
—Sol dice que la niña no deja de jugar con el peluche que le regalaste
—dijo Michelle, mirando hacia el horizonte.
—Me alegra. Tenía miedo de que no me recordara —respondió Karla en un
susurro.
Michelle guardó silencio un momento. Finalmente, giró un poco el rostro
hacia ella, aunque no la miró directamente a los ojos.
—Karla... sobre lo que pasó en la casa... y en el hospital. Sé que no he
sido la más agradecida.
Karla sintió un nudo en la garganta.
—No lo hiciste por deber, ¿verdad? —continuó Michelle, su voz suavizándose
por primera vez en años—. Te quemaste por mí.
—Lo haría mil veces más, Michelle —dijo Karla, girándose para verla. Sus
ojos brillaban—. Me fui una vez y fue el peor error de mi vida. No iba a dejar
que el fuego me quitara la oportunidad de, al menos, estar cerca de ti otra
vez.
Michelle bajó la guardia. Su mano se movió sobre el banco, rozando casi la
de Karla.
—A veces te odio por ser tan impulsiva... y otras veces me asusta lo mucho
que me importa que lo seas.
Justo cuando sus dedos estaban a punto de entrelazarse, el momento fue
interrumpido por un grito de Janet desde la terraza.
—¡Chicas! ¡Tienen que ver esto! —gritó Janet, con la voz cargada de una
seriedad que no era propia de ella.
Todas corrieron hacia la entrada. En el porche, junto a los regalos de los
niños, había una caja negra impecable, envuelta en un lazo rojo sangre. No
tenía tarjeta, solo una pequeña nota escrita a mano: "Para la futura
generación. Los errores de las madres no deberían pagarlos los hijos. Feliz
cumpleaños."
Sol se puso blanca como el papel y corrió a abrazar a su hija, que
estaba jugando cerca. Norma se adelantó, poniéndose sus guantes tácticos y revisando la caja con un detector de metales.
—No es una bomba —anunció Norma, con la mandíbula apretada—. Es algo peor.
Al abrirla, encontraron un álbum de fotos. Al pasar las páginas, el corazón
del grupo se detuvo. Eran fotos de todas ellas esa misma tarde: Karla y
Michelle en el banco del jardín, Janet y Norma riendo en la cocina, Sol
abrazando a Teylor.
Jáuregui les estaba enviando un mensaje claro: "Sé dónde viven. Sé
a quién aman. Puedo tocarlas cuando quiera."