El calor de las bestias

834 Words
El aire en la cabaña de unión no era aire; era una neblina densa y tóxica de feromonas Rango S que hacía que los pulmones de Penélope ardieran. El aroma a sándalo de Ronan, el almizcle salvaje de los gemelos, el rastro metálico de Orion y el frío aroma a lluvia de Emris se mezclaban en un cóctel que disparó su celo de forma instantánea. Sus bragas estaban empapadas, su piel se sentía demasiado pequeña para el calor que irradiaba su sangre. — Míranos, Penny. No te atrevas a cerrar los ojos mientras te devoramos —la voz de Orion, el León, vibró en sus oídos como un trueno bajo. Sus manos, endurecidas por el combate y con las garras asomando apenas un milímetro, se hundieron en la carne suave de su cintura, levantándola como si no pesara nada para arrojarla sobre las sábanas de seda negra. Penélope rebotó, abriéndose de piernas instintivamente, revelando su feminidad hinchada y brillante de deseo. Emris fue el primero en reclamar su espacio. Se deslizó sobre ella con la elegancia letal de una serpiente. Su piel pálida se sentía deliciosamente fría contra el vientre ardiente de Penélope, un contraste que la hizo soltar un sollozo de alivio. — Mi veneno es lo único que apagará este incendio, pequeña matriarca —susurró Emris. Bajó su cabeza con una urgencia que no conocía la piedad. Sus labios capturaron un pezón erecto y lo succionaron con una fuerza tal que Penélope sintió un tirón eléctrico directamente en su útero. Mientras tanto, la lengua de Emris, ágil y experta, comenzó a trazar círculos alrededor de su otra aureola, preparándola para el festín. A su derecha, Sirus y Azrael, la pantera y el leopardo, no esperaron su turno. Con la coordinación perfecta de gemelos, se encargaron de sus extremidades. Sirus lamió la parte interna de su muslo, subiendo con besos húmedos y mordiscos posesivos hasta que Penélope tembló. Azrael, por su parte, capturó su boca en un beso que sabía a posesión absoluta, invadiendo su cavidad oral con una lengua dominante que le robó el oxígeno. — Estás tan abierta... tan lista para ser llenada —se burló Sirus, observando cómo el centro de Penélope palpitaba, desprendiendo gotas de un jugo dulce y espeso que él no tardó en saborear directamente de la fuente. Fue entonces cuando Orion decidió que la espera había terminado. La giró sin miramientos, poniéndola en cuatro puntos. Penélope elevó su trasero, ofreciéndose como una gatita en celo. El León entró en ella de una sola estocada brutal, un rugido de triunfo escapando de su garganta al sentir cómo las paredes de Penélope se contraían alrededor de su longitud Rango S. — ¡Ahhh! —el grito de Penélope fue desgarrador, una mezcla de dolor exquisito y plenitud. Pero antes de que pudiera procesarlo, Emris se posicionó frente a ella. Penélope, necesitando llenar cada vacío, envolvió la longitud de la serpiente con su boca. El contraste era demencial: el calor abrasador de Orion embistiéndola por detrás y el frío rígido de Emris hundiéndose en su garganta. Estaba siendo reclamada por dos depredadores al mismo tiempo, y sus sentidos empezaron a fracturarse. Justo cuando alcanzó su primer orgasmo, una liberación violenta que la hizo ver blanco, Orion se retiró para dejar que los gemelos Hazen tomaran su lugar. Sirus se enterró en ella con una violencia apasionada, mientras Azrael la sujetaba por los hombros, besando la marca de su nuca y buscando su otra entrada con una insistencia oscura. — Vamos a marcarte tanto que no quedará un solo centímetro de tu piel que no huela a nosotros —gruñó Azrael, mientras ambos gemelos comenzaban un ritmo coordinado que la hacía delirar. Penélope era una muñeca en manos de gigantes, sus gemidos se convirtieron en súplicas incoherentes mientras sus clímax se encadenaban uno tras otro. Finalmente, Ronan, el Halcón, reclamó el derecho del líder. Apartó a los demás con una autoridad que no admitía réplicas. La levantó, obligándola a envolver su cintura con las piernas mientras la empujaba contra la pared de madera de la cabaña. — Mírame, Penny. Mira quién te posee ahora —sentenció Ronan. Entró en ella con una lentitud tortuosa, disfrutando de cada milímetro de fricción. Ronan no solo quería su cuerpo; quería su alma. La poseyó con una fuerza salvaje, sus alas invisibles parecieron envolver la habitación mientras la llevaba a una altura que Penélope no sabía que existía. El Halcón alcanzó su clímax dentro de ella, llenándola con su esencia caliente mientras los otros cuatro reyes la rodeaban, tocándola, lamiendo su sudor y reclamando su parte del botín. Penélope se desmoronó sobre el colchón, exhausta, bañada en los fluidos de sus cinco machos y marcada con mordiscos y arañazos de amor. "Este es mi lugar", pensó con la mente nublada mientras los brazos de sus cinco bestias la envolvían en un nudo de posesividad absoluta. En esta vida, ella no moriría en una guillotina; moriría de placer, adorada y devorada por sus cinco reyes.
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