Dante estaba de pie junto a la camilla en la que Camilo yacía con el rostro relajado, a pesar del dolor evidente en su expresión. El médico trabajaba con precisión, enyesando el pie lastimado del chico mientras le hacía preguntas rutinarias sobre su estado. El ambiente en la sala de emergencias era tranquilo, con el sonido de lápices marcando registros y el tecleo de computadoras llenando el espacio.
—No parece una fractura grave —dijo el médico mientras aseguraba la venda con un último ajuste—, pero necesitarás reposo y evitar apoyar el pie durante algunas semanas.
Camilo asintió con una leve sonrisa. Aunque cada tanto se mordía el labio cuando un espasmo de dolor recorría su pierna, no se quejaba.
Dante, por su parte, permanecía inmóvil con los brazos cruzados. Su altura de 1.90 m lo hacía destacar en la habitación, pero en ese momento se sentía más pequeño que nunca. Había actuado impulsivamente y ahora estaba pagando las consecuencias. Sus manos estaban tensas, y por más que intentara disimularlo, su mandíbula apretada delataba su incomodidad.
—Listo —anunció el médico, enderezándose—. Necesitarás muletas por un tiempo. ¿Tienes a alguien que pueda ayudarte en casa?
Camilo giró la cabeza hacia Dante y arqueó una ceja con diversión.
—Creo que ya encontré a mi asistente personal —bromeó, señalando a Dante con una inclinación de la cabeza.
Dante suspiró, cerrando los ojos con frustración. No podía quejarse, después de todo, era su culpa.
—Me aseguraré de que no hagas tonterías —murmuró, evitando mirarlo directamente.
El médico sonrió con comprensión y salió de la sala, dejándolos solos. Por un momento, hubo silencio. Camilo tamborileó los dedos sobre la camilla antes de soltar una risa baja.
—No tienes que verte tan culpable, ¿sabes? Estoy bien. Bueno… más o menos —hizo un gesto hacia su pie vendado—, pero nada que no pueda superar.
Dante lo miró por fin, su expresión seria.
—No debería haber reaccionado así. No tengo excusas.
Camilo ladeó la cabeza, observándolo con curiosidad.
—No me odias, ¿verdad? —preguntó con tono ligero, pero con un matiz genuino de interés.
Dante exhaló pesadamente y negó con la cabeza.
—No es eso.
—Entonces, ¿qué es? —Camilo lo miró fijamente, esperando una respuesta.
Dante no respondió de inmediato. Su mente era un caos, llena de emociones que no lograba entender del todo. Celos, frustración, arrepentimiento. Lo único que sabía con certeza era que no quería ver a Camilo herido por su culpa.
Finalmente, rascándose la nuca con incomodidad, murmuró:
—Simplemente… me molestó verte con Isabella. Me sentí como un idiota.
Camilo alzó las cejas, sorprendido por la confesión directa.
—¿Te gusta Isabella?
Dante apartó la mirada, sin responder de inmediato. Camilo observó su lenguaje corporal, cómo sus puños se cerraban y se abrían lentamente, como si intentara encontrar la forma correcta de expresarse.
—Tal vez —admitió Dante con voz baja—, pero no lo sé. Solo sé que no me gustó verte con ella.
Camilo suspiró y apoyó la cabeza en la almohada de la camilla, observando el techo.
—Bueno, puedes estar tranquilo. Isabella y yo no tenemos nada. Solo somos amigos. Y, sinceramente, dudo que ella me vea de otra forma —hizo una pausa antes de añadir con una sonrisa—. Y aunque lo hiciera, creo que me interesa más alguien con una personalidad un poco más… intimidante.
Dante frunció el ceño ante el comentario, pero antes de que pudiera preguntar a qué se refería, una enfermera entró con las muletas y algunas indicaciones sobre el cuidado del pie de Camilo. Dante las recibió y ayudó a Camilo a incorporarse con cuidado. A pesar de su orgullo, Camilo tuvo que apoyarse en él para poder moverse.
—Vas a ser mi chófer personal y mi ayudante personal por un tiempo —bromeó Camilo mientras Dante lo ayudaba a caminar fuera del hospital.
Dante rodó los ojos, pero por primera vez en toda la tarde, sus labios se curvaron en una leve sonrisa.
—No te acostumbres.
—Jajaja, esta bien, esta bien.
Por un momento Camilo se puso a pensar y le menciono a Dante lo que pensaba.
—Tengo una duda…
—Que?
—Si te gusta Isabella, porque no le dices, quiero decir, si te molesta que otro chico este con ella, porque no le dices lo que sientes.
—Lo hice… pero me rechazo, sin embargo, aun no puedo olvidar mis sentimientos y creo que a veces si soy irracional...
—Si, ya lo note.
Dante se paró frente a la enorme casa de Camilo, observando la elegante arquitectura con incredulidad. Definitivamente era de una familia influyente.
—¿Vas a quedarte ahí parado o vas a entrar? —preguntó Camilo, empujando la puerta con su muleta.
Dante suspiró y lo siguió.
El interior era tan impresionante como el exterior: una sala amplia con ventanales enormes, muebles de lujo y una decoración minimalista pero cálida.
—Bienvenido a mi humilde hogar —dijo Camilo con una sonrisa burlona.
Dante bufó.
—Humilde, mis huevos.
Camilo soltó una carcajada.
—Me agrada que al menos puedas bromear.
Dante se quedo en silencio, dejo a un costado la mochila de Camilo, ayudo a Camilo, sin embargo, Camilo se dejó caer en el sofá con un suspiro.
—Dante, puedes traerme agua.
Dante frunció el ceño.
—¿Qué?
—Parte de tu castigo es ayudarme, ¿no? Pues tengo sed.
Dante cerró los ojos, conteniendo su irritación, pero al final fue a la cocina. No quería más problemas.
Cuando regresó con el vaso de agua, vio a Camilo recostado, con la mirada perdida en el techo. Por primera vez, parecía cansado.
—¿Tanto te duele, porque no lo dijiste en el medico? —preguntó Dante, sin pensar.
Camilo lo miró sorprendido, pero luego sonrió de lado.
—No, no es eso… Solo estoy un poco agotado. Mudarse a una nueva escuela es más difícil de lo que parece.
Dante se sentó en una silla frente a él, sin saber qué responder.
—No lo parece —dijo finalmente—. Eres popular, todos te adoran.
Camilo se rio entre dientes.
—Pero a ti no, ¿cierto?
Dante lo miró en silencio.
Camilo sostuvo su mirada por un momento y luego suspiró.
—No importa. Algún día te caeré bien.
Dante frunció el ceño.
—¿Quién dijo que me caes mal?
—¿Entonces me caes bien?
Dante se quedó sin palabras y desvió la mirada.
—No pongas palabras en mi boca.
Camilo sonrió.
—Bien, lo tomaré como un "aún no".
Dante sintió un extraño calor en el pecho. Camilo tenía una manera molesta de colarse en su espacio.
Y por alguna razón… no lo odiaba tanto como antes.