Los siguientes días fueron un nuevo nivel de infierno para Althea. Dorian no la envió a las mazmorras. Eso habría sido demasiado burdo, demasiado humano. En cambio, perfeccionó su jaula. La trasladó a unas estancias en el corazón del palacio, sin ventanas al exterior, pero con paredes de un cristal mágicamente tratado que le permitía ser observada desde un pasillo superior las 24 horas del día. Era un acuario para un espécimen raro. Su privacidad, su dignidad, todo fue arrancado de cuajo. Pero el verdadero tormento no era la vigilancia. Era el silencio. Dorian había contratado a un Mago Inhibidor, un hombre de rostro cetrino y manos cubiertas de runas plateadas, cuya única función era sentarse al otro lado del cristal y suprimir cualquier atisbo de magia que emanara de ella. Cada vez qu

