Capítulo 6. La jaula de seda dorada.

811 Words
La sensación de victoria duró poco. Dorian no era un hombre que se conformara con empates. Si Althea quería jugar a cambiar las reglas, él simplemente reescribiría el tablero por completo. Al amanecer, un edicto real, sellado con el anillo del príncipe regente, fue leído en la gran sala del trono. Debido a "recientes preocupaciones por la seguridad tras un intento de intrusión en los jardines", se implementarían medidas de protección reforzadas. Para "tranquilizar el corazón del reino", la Princesa Althea sería trasladada inmediatamente a las Estancias de la Luna Creciente, en el ala más alta y segura del torreón principal. Era una jaula. Una jaula de lujo, pero una jaula al fin. Las Estancias de la Luna Creciente eran el lugar más hermético del castillo. Una suite de habitaciones con vistas panorámicas y barrotes de oro en las ventanas, diseñadas para encerrar a un m*****o de la familia real sin que pareciera un encarcelamiento. Solo había una entrada, custodiada día y noche por la Guardia del León, los hombres más leales a Dorian, aquellos que no respondían a sonrisas ni a amabilidades. Su acceso a la biblioteca, a los jardines, incluso a las zonas comunes, quedaba severamente restringido y siempre bajo escolta. Su red de pequeños aliados, Liam incluido, fue cortada de raíz. No podía verlos, no podía hablar con ellos. Dorian había estrangulado su incipiente juego de influencias con la eficacia de quien corta el hilo de una cometa. Esa misma tarde, Dorian la visitó en su nuevo "santuario". Caminó por la sala como si fuera su dueño, que lo era, y se detuvo frente a la ventana enrejada. —Espero que te guste—dijo, con una sonrisa que por primera vez no pretendía ocultar su triunfo—. Desde aquí se ve todo el reino. Un recordatorio de lo que proteges... y de lo que está en juego si cae en malas manos. O si tú... te extravías de nuevo. La amenaza era clara y directa. No solo contra ella, sino contra cualquiera que hubiera mostrado simpatía por ella. —No puedo respirar aquí—logró decir Althea, manteniendo la voz firme a pesar del temblor interno. Él se volvió, y su mirada era de hielo. —La seguridad a veces requiere pequeños sacrificios, querida mía. Piensa en esto no como un castigo, sino como... un periodo de reflexión. Para que recuerdes cuál es tu lugar en esta historia. Cuando se fue, el chasquido de la cerradura al cerrarse resonó en su alma como un golpe. Se dejó caer en un sillón, la desesperación cerrándose sobre ella. Había subestimado su poder. Había creído que con astucia podría ganar, pero él tenía la autoridad absoluta. Él controlaba las paredes, los guardias, las reglas. Miró a su alrededor. La habitación era espléndida, llena de lujos, pero estaba completamente sola. El silencio era opresivo. Por primera vez desde su renacimiento, la verdadera magnitud de su situación la aplastó. No podía escapar. No podía luchar. Estaba atrapada, destinada a cumplir el papel de princesa cautiva hasta que Dorian decidiera que era hora de convertirla en su reina trofeo. El pánico comenzó a apoderarse de ella, una niebla gris que nublaba sus pensamientos. Cerró los ojos, buscando desesperadamente un recuerdo, una imagen que la sostuviera. Y lo que vino a su mente no fue el rostro de su madre humana, ni el de Rylan, sino una página de su viejo cuaderno de bocetos. Un dibujo de Rylan, no como el villano del libro, sino como ella siempre lo había intuido: de pie en un acantilado, mirando hacia Eldoria no con odio, sino con una determinación feroz. Y en el margen, ella había garabateado una frase que ahora resonó como un susurro en la oscuridad: "El verdadero poder no es la fuerza que encierra, sino la esperanza que se niega a morir." Rina abrió los ojos. La niebla del pánico se disipó, replaced por una claridad fría. Dorian podía controlar sus movimientos, pero no sus pensamientos. Podía encerrar su cuerpo, pero no su ingenio. Él creía que la había derrotado, que la había reducido a una pieza inmovil en su tablero. Pero había subestimado la ventaja más importante que ella tenía: conocía el guion original. Sabía lo que debía pasar a continuación. Y si no podía cambiar el juego desde fuera... lo cambiaría desde dentro. Una sonrisa lenta, la primera sonrisa genuinamente desafiante de Althea, se dibujó en sus labios. Dorian quería una princesa de cuento. Él mismo había dicho que su "lugar en la historia" era ser dócil y confiada. Muy bien. Eso era exactamente lo que iba a darle. Iba a interpretar el papel de la Princesa de la Luna Creciente tan perfectamente, que él bajaría la guardia. Y entonces, cuando él menos lo esperara, la protagonista del cuento le mostraría que había aprendido a escribir su propio final.
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