Capítulo 2. El sabor amargo de un sueño.

1032 Words
Los primeros rayos del sol se colaban por los vitrales de la ventana, tiñendo de colores el suelo de mármol. Althea —debía acostumbrarse a ese nombre, a esta piel, a esta vida que no le pertenecía— se observaba en el reflejo distorsionado de una bandeja de plata pulida. Los ojos amatista seguían pareciéndole ajenos, pero si se acercaba lo suficiente, creía ver una chispa de determinación familiar en su profundidad. Era la chispa de Rina, ahogada bajo el peso de una corona que no había pedido. Un suave golpe en la puerta la hizo estremecer. —Su Alteza,el Príncipe Dorian aguarda en la galería del este para desayunar con vos —anunció una sirvienta con una reverencia tan profunda que Althea sintió el impulso de decirle que se levantara. El corazón le dio un vuelco que le arrebató el aliento. El Héroe. El momento es ahora. Mientras recorría los interminables pasillos alfombrados, flanqueados por tapices que narraban batallas que solo conocía por un libro, los recuerdos de la princesa original fluían hacia ella como un río subterráneo. Sabía instintivamente dónde estaba cada cuadro, cada puerta secreta que conducía a pasadizos olvidados. Pero el recuerdo más fuerte, nítido y dolorosamente dulce, era el de la sonrisa de Dorian. La misma que había dibujado tantas veces en su cuaderno, en otra vida, buscando un consuelo que su realidad le negaba. Cuando las altas puertas de roble tallado se abrieron, y él se volvió desde la ventana con esa sonrisa perfecta ensayada, Althea lo vio. Real, tangible, más hermoso que cualquier ilustración. El sol jugaba con sus cabellos dorados, creando una especie de halo. Vestía un sencillo pero impecable atuendo de color azul cobalto que hacía resaltar sus ojos claros. Pero Rina, la que había vivido y muerto en un mundo de hipocresías más sutiles, vio algo más: la calculadora frialdad en la mirada que la recorrió de pies a cabeza, la forma casi imperceptible en que sus hombros se tensaron antes de relajarse en una pose de bienvenida, midiendo cada uno de sus movimientos al instante, como un estratega evalúa un recurso en el tablero. —Mi querida Althea —dijo su voz, tan melódica como en sus sueños—. Espero que hayas descansado bien. Anoche te retiraste temprano, me preocupaste. La voz de Rina quiso responder con un "estuve muerta, pero ya estoy mejor", pero la boca de Althea articuló unas palabras suaves y medidas: —Fue solo un ligero mareo,Dorian. No debiste inquietarte. Él se acercó, tomó su mano y depositó en su dorso un beso tan ligero como el aleteo de una mariposa. La piel de Althea se erizó, no de placer, sino de alarma. Sus dedos eran fríos. —Es mi deber inquietarme por ti —respondió él, guiándola hacia la mesa donde un festín de frutas, panes y mermeladas esperaba—. Pronto serás mi esposa. La futura reina de Eldoria no puede permitirse debilidades. La frase, aparentemente cariñosa, tenía el filo de una daga de hielo. "No puede permitirse debilidades". No era una preocupación, era una advertencia. Se sentaron. Dorian le sirvió personalmente unas uvas, un gesto que en el cuento habría hecho suspirar a cualquier lector. Pero sus ojos no se despegaban de ella, estudiando cada uno de sus gestos con una intensidad que resultaba opresiva. —Pareces... diferente hoy, Althea —comentó él, partiendo un croissant con delicadeza exagerada. Ella sintió que el corazón se le detenía. ¿Ya me ha descubierto? ¿En la primera mañana? —¿D-Diferente?—logró balbucear, llevándose una uva a los labios. Su sabor dulce le resultó de repente empalagoso. —Sí. Hay una luz nueva en tu mirada —dijo él, y por un segundo, Althea creyó haber imaginado la suspicacia—. Es... refrescante. Antes de que pudiera responder, un ruido sordo y un quejido apagado llegaron desde el jardín interior. Althea giró la cabeza instintivamente. Un joven ayudante de cámara, no mayor de quince años, se había tropezado con el borde de una maceta mientras transportaba una pesada pila de libros de contabilidad. Los tomos se habían esparcido por el suelo de piedra, y el chico miraba a su alrededor con pánico. Dorian suspiró, con un deje de fastidio tan sutil que solo alguien buscándolo lo habría notado. —Qué torpe es ese muchacho—murmuró, y luego, alzando la voz con una amabilidad que no llegaba a sus ojos, dijo—: No te preocupes, Althea. Los sirvientes son así. Alguien lo ayudará. Pero Althea ya se había puesto de pie. El instinto de Rina, la que había sido invisible para tantos, fue más rápido que el protocolo de la princesa. —Parece asustado—dijo, y sin esperar permiso, caminó hacia la puerta que daba al jardín. —Althea, no es necesario —la voz de Dorian era suave, pero firme—. No es apropiado. Ella lo ignoró. Se acercó al chico, que temblaba como una hoja, y se arrodilló a su lado, comenzando a recoger los libros. —Tranquilo—susurró, con una voz que era un eco de la suya propia—. No ha pasado nada. El ayudante la miró con unos ojos desorbitados, llenos de un miedo que no era solo por la caída. —P-perdón,Su Alteza, lo siento, no fue mi intención... —Ya lo sé —dijo ella con una sonrisa que esperaba fuera tranquilizadora. Cuando alzó la vista, encontró la mirada de Dorian desde la mesa. Ya no había rastro de la sonrisa amable. Sus ojos claros la observaban con una curiosidad gélida, analítica, como si de repente un pez en su acuario hubiera empezado a nadar en dirección contraria. No había enfado, no aún. Solo una reevaluación silenciosa y peligrosa. En ese momento, Althea supo con una certeza que le heló la sangre hasta el alma. El libro no solo se había equivocado. Era una mentira perfectamente elaborada. Y ella, una intrusa con el alma de una moribunda y el cuerpo de una princesa, era la única persona en dos mundos que podía verlo. El verdadero cuento de hadas estaba a punto de comenzar, y tenía los colores de una pesadilla.
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