La noticia del sabotaje en el vado del Río Blanco llegó al campamento antes que ellos. No como un estruendo, sino como un rumor que crecía con cada susurro. Cuando el grupo de Rylan cruzó el perímetro de seguridad, ya los esperaba una pequeña multitud. No con vítores, sino con una expectativa palpable, cargada de preguntas silenciosas. Elara se acercó primero, sus ojos sabios escudriñando a Althea. —Te late la energía como un colibrí herido, niña —murmuró, poniendo una mano firme en su hombro—. Ven. Hay que anclarte de nuevo, o te llevarás el viento. No hubo discusión. Althea, aún temblorosa y pálida, se dejó guiar hacia la tienda de la anciana, alejándose de las miradas. Por un instante, sus ojos se encontraron con los de Rylan. Él asintió, una orden silenciosa para que se cuidara, ant

